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La Emperatriz de Belsan
29-04-2007 23:22:29 - Cartas a la Emperatriz - Leido 106 veces


Eones antes de la primera palabra, cuando la vida era joven aún, se cuenta que las tierras que hoy se llaman Belsan estaban cubiertas por un oscuro manto de brumas. Se cuenta también que los Antiguos, que todo lo saben, dieron a luz a una criatura nueva, la primera de todas ellas, y al ser aún pequeña y frágil la arroparon entre la niebla. Ese diminuto ser creció, alimentándose de las oscuras nubes y de la vida latente que éstas cubrían, hasta que un día las brumas se retiraron de Belsan. Mientras las nieblas formaban un anillo protector que cerraba el continente, destinado a guardarlo de aquellos demasiado crueles para entenderlo, la criatura se elevó hacia sus padres los Antiguos, que la recibieron como su heredera. Pues para eso había sido concebida: ella era la embajadora de los Antiguos, la Emperatriz de Belsan. Y la llamaron Dannharē, la Señora de la Llanura de Bruma.
La Emperatriz veló y cuidó de las tierras durante sus primeros milenios, sin que sus habitantes lo notaran siquiera. Ella era el aire, el fuego, la risa, lo era todo en esa tierra. Presenció guerras absurdas, esclavitud, crueldad y abusos, pero también rebeliones, justicia, renacimientos y revelaciones. Belsan era un espejo del alma humana: luminosa y oscura, como las brumas que la vieron nacer.
Pero tras tanto tiempo, la soledad pudo con la Emperatriz. Y sintió la soledad y deseos de algo más, y sin poder evitarlo su presencia etérea se precipitó en un cuerpo, muy, muy lejos de Belsan. Un lugar donde nadie podía verla, y los humanos sólo soñaban vagamente con las tierras bordeadas de brumas cuando buscaban evadirse de la realidad.
Perdida en un marasmo de seres que habían olvidado que poseían la magia de la vida, la Emperatriz escribió cartas desde el exilio. Hablaba de los ángeles negros y los demonios blancos de la Tierra, de negra desesperación, de placer y de muerte, de trémola esperanza. Con sus palabras, buscaba recordar a los seres humanos que tras las piedras y el fango se escondía mil mundos de vértigo y maravillas.
En Belsan, lejos de su Emperatriz, la gente seguía naciendo y muriendo, empujando con furia los engranajes del tiempo, tratando de cambiar, de encontrar. Ella no estaba allí para verlo, pero lo sentía. Desde Ygernath, capital de Arcarán, hasta la isla de Yemelin, perdida como un secreto en el Océano Trúnido, la marea rugiente de la vida buscaba su destino siguiendo sin saberlo las palabras de la Emperatriz. Pues los Antiguos ya lo sabían cuando la engendraron: Ella era la encarnación de la vida, la esencia de Todo.
Aún hoy, quienes prestan atención a lo mundano en la Tierra pueden oír sus lamentos.
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Creative Commons 2.1 (cc) 2005 La Emperatriz de Belsan
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