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La Emperatriz de Belsan
03-05-2007 23:48:12 - Relato - Leido 79 veces


Las farolas a gas que iluminaban el Pont de la Concorde no funcionaron esa noche. Nadie supo por qué. A ambos lados, las luces de la ciudad brillaban doradas sobre las aguas del Sena; pero en medio del puente, la negrura se hacía insoportable. Nadie lo había atravesado una vez se ocultó el sol. Ahora era de noche, muy de noche, y el bullicio de la ciudad se ahogaba más allá de los barandales de piedra. Sólo desde allí podía verse con claridad la luna.
Quizá era eso lo que buscaba el joven escritor que se adentró vagando en el puente. Llevaba horas, muchas horas dando vueltas por esa ciudad de las maravillas, donde nadie lo conocía, donde podía caerse muerto sin que nadie apenas lo notara. Había venido de muy lejos, buscando dar rienda suelta a su ansia de libertad y a los versos que yacían en el fondo de su alma; escapaba de la luz grisácea que bañaba día tras día el papel de la pared de su casa, de la frialdad de sus padres, de las flores atrapadas en jarrones que en la oscuridad de su hogar parecían convertirse en piedra. Él no había nacido para abotonarse apretadamente la camisa y no sonreír nunca, ganándose así un supuesto respeto; él era poeta, y ansiaba rosas, vino, belleza, amor. Cuando llegó a París, muerto de hambre y de emoción, se sintió casi como un dios minúsculo en un universo de promesas.
Era joven, también. Deseaba tantísimo ser él mismo y no desaparecer en la fría espiral de la Nada a la que estaba destinado… Cada noche, junto a unos compañeros que tenían los dedos manchados de tinta y óleo, juraba que día tras día hacía realidad su sueño, y que se enorgullecía de arruinarse por el arte, pues era la forma más bella y digna de morir. Las copas llenas de licor barato chocaban, y la noche se iba entre las risas de una calle húmeda o algún lupanar. A veces amanecía en las escaleras de Sacre Coeur, con una resaca espantosa y rodeado de poemas sueltos que los mendigos habían pisado y embarrado.



Sobrevivía como podía, disfrutando de la libertad que siempre había querido; tenía tiempo para dedicarse a pensar sobre las inutilidades trascendentales que hacían crecer el alma del hombre… Tanto tiempo que, a veces, le costaba entretenerse lo suficiente como para que otra idea, no tan deseable, no se colara entre las demás: el porqué de todo aquel desenfreno, la razón de su existir como poeta. Porque… era realmente un poeta, ¿verdad?
Era difícil de decir. Juraba que estaba inmolándose por su arte, y que tarde o temprano su nombre quedaría grabado en un banco de parque, en una libreta de adolescente, en algún lado. Tanto ardor simplemente no podía ser inútil. Pero la idea del absurdo se dibujaba a veces entre las nubes de opio por la noche, o bajo las enaguas de tafetán de la puta de turno que se reía de sus chistes sin gracia. Y se negaba a utilizar aquel temor incipiente y monstruoso como material de sus palabras. Él era un hijo de los bajos fondos y debía escribir como tal; sólo bellezas inalcanzables, cielos estrellados, tormentas y amor fugaz y desdichado, nunca debía renegar de su destino elegido. ¿Estaban siempre así de seguros los escritores que se desmayaban berreando versos tras una juerga, atragantados de absenta? Con esa pregunta había echado a andar aquella tarde.
A la noche, el joven escritor se encontró de pronto parado junto a la balaustrada del Pont de la Concorde, rodeado de una oscuridad nebulosa. Hacía frío, y reparó súbitamente en que le dolían terriblemente los riñones, las rodillas y los pies. ¿Cuánto tiempo llevaba caminando? ¿Se había detenido en algún momento a descansar? No lo recordaba. No recordaba nada. Sólo sabía que ya era noche cerrada y que su albergue estaba muy lejos al otro lado del río. Agotado y desesperado de repente, casi sintió ganas de llorar. Se sentía solo, por alguna razón solo, y no entendía nada; el aire nocturno, el agua del río, los vacuos poemas que yacían rotos al fondo de su bolsillo, el alcohol que aún nadaba en su sangre, su vida de romántico loco, todo de repente aparecía sumido en el mayor absurdo. En su corazón todavía titilaban las palabras rebosantes de idealismo y de magia que plasmó en su última carta, antes de marcharse, pero habían empezado a perder su brillo y su poder hacía tiempo. A veces sonaban incluso ridículas. Quizá eran demasiado grandes para él.
Cansado y desolado, el joven escritor echó a andar tambaleante por el puente, inmerso en la oscuridad. Ni una sola farola funcionaba, se dijo maldiciendo. A pesar de todo, a la luz de la luna distinguió perfectamente la silueta que se apoyaba en la baranda de piedra. Lo hizo detenerse en seco cuando ya se hallaba a pocos metros de ella.
Era una mujer un poco baja, con un vestido sin enaguas y un bombín en la cabeza que le pareció negro a pesar de la oscuridad reinante. Apoyaba los antebrazos en la baranda y se inclinaba hacia el río, mirándolo con obstinación; no se movía. Pero algo en ella le hizo sentir que, a pesar de que parecía no haber oído sus pasos, escuchaba y vigilaba cada uno de sus movimientos atentamente, esperando el momento de actuar, como una loba de caza. Se sintió fascinado desde el primer momento.
“¡Es ella!” exclamó algo en su interior, y de inmediato otra voz saltó: “Ella, ¿quién?” Su perfil apenas estaba insinuado con languidez por la luna, pero se le antojó tan hermosa y perfecta que no pudo evitar acercarse. Quizá era ella, la musa que andaba buscando y que le daría sentido a todo; quizá era ella, la mujer que no esperaba prisas y dinero sino caricias auténticas; quizá era ella, ella, la dama última, la única…
En medio de su delirio, se dio cuenta de que ya estaba a su altura, junto a la balaustrada y mirándola, jadeante. Ella restó en silencio unos segundos y luego se volvió lentamente.



Su rostro se dibujó en la noche empolvado de blanco; sus labios eran negros, lo mismo que sus ojos, maquillados con líneas transversales como una especie de arlequín nocturno. Algunos mechones más cortos de su cabello oscuro enmarcaban su cara bajo el bombín. El joven escritor casi temblaba cuando ella le habló.
-¿Qué buscas? –le preguntó sin más, con una voz profunda que evocaba el púrpura de las rosas más oscuras. No le estaba preguntando qué se le ofrecía.
-La eternidad –musitó el artista humildemente, y sintió calor en las mejillas.
-¡La eternidad! –repitió con sorna la mujer, riendo extrañamente en dirección al río. Cuando le devolvió la mirada, no obstante, estaba mortalmente seria-. Necio. Ningún mortal alcanza a entender los secretos de la muerte, menos aún la eternidad. ¿Tú te dices poeta? Eres un pretencioso.
El joven agachó la cabeza afligido.
-Sois una plaga para la verdadera belleza, tú y los de tu calaña. Panda de burgueses renegados hartos de tener la barriga llena y la cama hecha, miríada de borrachos revolcados en opio que cantan el amor en versos de tinta y juran hallarlo entre las piernas de cualquier fulana. Os engañáis. No entendéis nada, absolutamente nada –se volvió gravemente hacia el río-. Amor, libertad, belleza, eternidad… ¡son sólo palabras! Para vosotros no llegan a ser más que borrones de tinta. La auténtica realidad de esas ideas no os pertenece, no podéis tenerla, ni siquiera alcanzar a vislumbrar su significado. Sois tan presumidos y ansiosos… no podréis tener ni un atisbo de eternidad mientras creáis flotar sobre este mundo vulgar en vuestro delirio. La eternidad, lo trascendente, está aquí, en este hórrido mundo, entre el barro del rincón más inmundo y en la cara sucia de una mujer fea. Estáis empeñados en crear un mundo de cristal que os aísle de esta escandalosa simpleza, pero tarde o temprano se romperá. Sois demasiado ingenuos. La belleza es inmundicia y carne, la pasión es sangre y desperdicio, y la auténtica luz es aquella que revela todo eso con crudeza y lo clava en los ojos sin piedad. Amor es saber aceptarlo y amarlo, mancharse con la putrefacción de la vida y llevar lo infecto hacia lo alto, al límite de lo sacro, donde todo es un Todo y cada cosa es una sola cosa, el dios, lo Inmenso…
Suspiró negando con la cabeza, conteniendo su furor. El ser que temblaba a su lado hacía unos instantes ahora era un puro silencio.
-Insensatos. Seguid en vuestro camino de rosas recortadas. Esas flores ya no crecen salvajes…
Calló por un momento. Luego, volvió a mirarlo y esbozó una levísima sonrisa de desprecio.
-¿Buscas la eternidad? ¡Ahí la tienes, bajo este puente, corre a buscarla!
El eco de su odio se apagó lentamente sobre el río.

Al día siguiente, el cadáver de un joven apareció flotando contra las escaleras que bajaban al Sena. De los bolsillos de su traje gris emanaba una especie de confeti mojado, manchado de tinta disuelta. “Eternidad” creyeron distinguir algunos entre esos trazos difusos.
Nadie estaba ahí para llorar su muerte, ni siquiera para investigar un posible asesinato. Era uno de esos bohemios alcohólicos, habría caído sin querer o se habría tirado en un arranque suicida. A nadie le importaba.
Nadie había visto a la mujer del bombín negro.
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