10-05-2007 23:55:52 - Relato - Leido 93 veces

-¿De verdad nos iremos mañana? -preguntó el niño desde la cama. Su pequeña cara estaba empapada de sudor y el pelo se pegaba a su piel cetrina.
-Claro que sí. Te lo he prometido, ¿no es así? -le respondió la madre con una dulce sonrisa. Acomodó mejor a su hijo sobre la almohada y luego le secó el sudor con un paño. Notó el temblor de su cuerpo destemplado y la dificultad de los pulmones infantiles para llenarse.
-Pero no me ha gustado nada la bebida que me has dado. ¡Estaba malísima! -opinó el niño, con una mueca de disgusto.
-Ya lo sé, pero con ella te dará muuuucho sueño y dormirás muy bien. Así mañana tendrás muchas energías para hacer el viaje e irnos a ese sitio.
-¡¿En serio?! -en la carita afiebrada y exangüe del pequeño se dibujó una sonrisa luminosa-. Mamá, cuéntame otra vez cómo es ese sitio, venga.
La madre sonrió ante los gestos débiles del niño, que intentaba zarandearla cogiéndola por la ropa, cosa que cualquier otro crío de su edad haría. Él apenas llegaba a pellizcar la tela, y la sonrisa se tiñó por un segundo de desolación.
-¿Otra vez? -exclamó, fingiéndose indignada.
-¡Sííííí!
-Bueno, vale -aceptó, acariciándole la mejilla con ternura universal. Lo arropó cuidadosamente antes de empezar-. Pues... es un sitio mágico. Se llega con un barco, porque es una isla que está cubierta de niebla. Cuando llegas ahí, ves sirenas en las piedras, y ellas en cuanto te ven saltan y nadan junto al barco como los delfines.
-¡Qué bien! -celebró el pequeño. Le encantaban los delfines.
-El agua ahí está muy muy fría, pero dentro de la isla hay lagos de agua caliente donde puedes nadar. A veces, a través de la niebla, puedes ver castillos encantados en los llanos o en los montes, y si corres mucho puedes alcanzarlos. Y son castillos preciosos, y en los jardines tienen flores de todos los colores...
-¿De todos los colores del mundo mundial? -quiso saber el pequeño. La madre asintió-. ¿Hasta negras y marrones y amarillo fosforescente?
-Exacto -sonrió ella.
-¿Y hay claveles? - él sabía que a la madre le encantaban los claveles.
-¡Por supuesto!
-¿Y qué más hay?
-Pues... allí te haré una habitación para que duermas sin techo, mirando a la luna. Te pondré una cama grandota, con cortinas blancas. Y cuando estés en esa cama, podrás soñar con todo lo que te imaginas y más. Tendrás paredes de enredadera y techo de estrellas, y el mar navegará bajo las patas y las haditas de la isla se pondrán a volar entre las cortinas y te contarán cuentos antes de dormir.
-¿Y tú dónde vas a dormir, mamá?
-Yo, siempre a tu lado, en los claveles -dijo la madre, sonriéndole con amor.
-¡Jajaja, en los claveles...! -rió el niño ante la bizarra idea, y luego bostezó.
-Uy, ya te está dando sueño -señaló la madre suavemente.
-Sí... qué raro, nunca he tenido tanto sueño... -volvió a bostezar-. ¡Y menos a la hora de dormir!
Ella se permitió una risa baja.
-Entonces duerme, cariño... mañana te llevaré a ese sitio tan bonito y nos quedaremos allí.
-Pero mamá... ¿seguro que voy a poder ir, con lo malo que estoy?
-Claro que sí -susurró la madre al oído del infante casi dormido-. Mañana ya no te dolerá nada más, mi amor, nunca más.
Silencio. Los párpados del niño cayeron a plomo, y su dulce infancia se derramó lánguida sobre la cama como leche. La manita sudorosa, que hasta hacía un momento asía la sábana reflexivamente, se relajó de pronto.
La madre se levantó callada de la cama. Ahogando las lágrimas que gritaban en su garganta, volvió a tapar la jeringuilla y se la llevó dentro del vaso usado. En la habitación cayó la oscuridad. Entre sus paredes fúnebres parecía vibrar el sueño de muros de hiedra y techo de cielo, y suelo de mar, y hadas en el aire...