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La Emperatriz de Belsan
25-06-2007 00:47:58 - Shot - Leido 84 veces


“Solía escribir canciones para olvidar. Pensé que las palabras me curarían algún día, y que esta herida dejaría de latir. Pensé que, si ellas se alimentaban de tu presencia, crecerían fuertes y me darían la luz que nunca tuve para enfrentarme a mis enfermas pesadillas. Pensé que quizá fueras tú. Pobre ilusa. Debería haberlo aprendido ya. Nada ni nadie puede curar esta herida. Como si no me lo hubieran repetido mil veces…”

Ras. El crujido del papel al romperse me hizo reír por alguna razón. Me reí de una manera sucia, rota, mientras rasgaba esas palabras hasta convertirlas en simples trazos sin fondo ni memoria. Mi risa se quebró de pronto cuando apreté el puño alrededor del papel y lo sumergí en el agua casi hirviendo de la bañera, apretando los dientes con furia, como quien estrangula a alguien que odia. La tinta se disolvió y el papel se convirtió en una masa informe y blanda. Un despojo despreciable como mi alma, ¿verdad?

Tiré el papel mojado hasta el otro lado del baño con toda la rabia que pude. Se escurrió por la pared como una lágrima viscosa. Volví la vista al frente jadeando enfurecida. Palabras, palabras. Mocosa idiota. Me golpeé la nuca contra la pared de la bañera, una vez, otra, otra. “Tanta rabia en estos brazos…” La única que tenía la culpa era yo. Yo, por creer que aún existía en el mundo algo parecido a la fe. La niña en mi interior seguía empeñada en inventar cuentos de final feliz, alivios imposibles al veneno que estaba corroyendo mi alma. Y yo había vuelto a creerle. Y ahora sólo quedaban esas estúpidas palabras, palabras de princesitas obnubiladas, palabras drogadas de dependencia y falsos sueños, sartas y sartas de mentiras…

“…aún no puedo olvidar tu voz, diciéndome lo que sabías que quería oír. Aún no puedo olvidar tus manos, que acariciaron sólo mi cuerpo y jamás, jamás intentaron llegar hasta mi alma. Yo te lo di todo. No recibí nada. Y aún así seguías a mi lado, y aún así me dijiste que me amabas…”

Cogí el bisturí de un lado húmedo de la bañera y lo miré. El personal del laboratorio del colegio debería cuidar mejor su material, me dije satisfecha. Alcé la nueva hoja de papel ante mí y la atravesé con el filo, rasgándola de parte a parte. La sumergí en el agua de golpe, salpicando, y contemplé cómo esa frase se desvanecía para nunca volver. “Y aún así me dijiste que me amabas.” Mentira número uno. Apoyé el filo metálico en la carne caliente y enternecida de mi muslo, y lo clavé. No muy profundo. Sólo lo suficiente para abrir la cubierta de piel al deslizarlo sin dejar de presionar. Crac. Casi podía oír el inaudible crujido de la epidermis partiéndose, seccionando esos pequeños vasos. Uno.

Sumergí la pierna en el agua, me entretuve mirando las gotitas de sangre flotando en hilillos rojos mientras otro montón de palabras muertas iban a parar violentamente al muro alicatado de enfrente. Donde debían estar. En el paredón. Como yo.

“…apenas podía creer que hubiera podido pasarme… me cegué tanto en ti… me entregué con los ojos vendados, hasta el último aliento. ¿Te sacié? Bah, y qué pregunta es esa si ni siquiera me deseabas… si yo no era más que un “a ver si hay suerte” en tu vida, un accesorio sin importancia, un simple muelle en el engranaje de tu vida. Tú lo fuiste todo para mí. Yo no fui para ti más que un futuro, bonito recuerdo. Me arrancaste de las manos la última ilusión, y en sus espinas arrancaste también mi carne y mi alma, mi voz, mi vida… nunca jamás entenderás lo que eso significa”.

Hasta el último aliento. Puse mi corazón en tu mano y dejé que lo estrujaras y le clavaras las uñas cuanto deseaste. Sonreías indolente y me decías que no me preocupara, que todo iría bien. Mentiste.
Hasta el último aliento. Cien palabras por ti y tú sólo me diste silencio y una gélida indiferencia. Y yo, como una niña que cree que las pesadillas se pueden convertir en sueños bonitos si se desea con fuerza, aguanté el dolor de aferrarme a ti, convencida de que tarde o temprano las llagas en mi alma sanarían. Mentira.

Dos, tres mentiras. Atravesé el corte anterior con dos más en dirección contraria. La sangre era lenta, tranquila, un poco escasa, como una brillante capa de purpurina roja. Tú me tenías miedo por eso. Nunca hubieras entendido cómo el dolor de tu indiferencia me laceraba por dentro una y otra vez, cómo la angustia me devoraba lentamente hasta obligarme a buscar alivio en el dolor de la carne, en las heridas que se ven a los ojos… heridas que jamás, jamás dolerán tanto como esas que te molestaste en infligirme poco a poco… fui demasiado cobarde siquiera para suplicar un “basta”…

“No me tengas miedo por el beso rojo del dolor. Trata de entenderme. Cada gota de mi sangre es tuya, y cada latido que la empuja fuera de la herida es una pulsión más de lo que siento por ti, un segundo menos que me separa de tu mirada. No me tengas miedo, inocente, por nada…”

Oh, no. Otro error. Debiste tenerme miedo, mucho miedo. Ténmelo ahora. Ésta es para ti.

Hay una cicatriz en la piel de mi pecho izquierdo. Esa noche en que casi te pierdo, y sentía que podríamos salir de todo aquello juntos, que de verdad te preocupabas por mí. La rabia en tus ojos cuando viste esos cortes… la manera en que me miraste cuando me prohibiste volver a hacerlo, la dulzura con que los besaste… creí que tenías miedo de perderme. Me engañaba.

“Siénteme ahora, que me has negado el calor de tus brazos y tu boca para siempre.” El delicado tejido cedió de inmediato, la sangre fue más espesa al surgir del corte y se deslizó sobre ella, una lágrima roja sobre la piel secreta y blanca. “Ojalá el dolor pudiera matar el recuerdo que mi cuerpo guarda de ti. Destrozaría cada centímetro que tus manos tocaron sólo para que nunca jamás mi piel recuerde tus caricias.”

Mi mano resbaló de mi pecho y prodigó un arañón súbito en mi vientre, un rasgón vertical. Me apresuré a cruzarlo con otro que partiera mi cintura, y apreté la mano en torno al bisturí cuando sentí las heridas arder. Quizá me hubiera pasado… Pero ya no importaba. Ya estaba hecho. Una cruz tajada a espada en mi vientre, un grito de olvido, una vuelta al pasado, a los cien golpes del pasado. Dejé que las heridas hilaran suavemente en el agua, que empezaba a adquirir un tono parduzco por la mezcla de tinta y sangre. Saqué la mano izquierda del agua y la miré. Aún se apreciaban las últimas palabras medio emborronadas sobre la palma. “Y a pesar de todo, te odio tanto como te he querido. Muérete, mi amor”. Sonreí casi aliviada, con un suspiro, echando la cabeza hacia atrás. No más mentiras. Ya no.

¿Debería jugar una última vez?, me pregunté, acariciando mi muñeca con el filo del bisturí. ¿Debería reírme una última vez de ti y de todas las mentiras que me contaste? La punta metálica tentó las venas bajo la piel desprotegida, apenas un pinchazo, pero luego la retiré. No. Me golpeé de nuevo contra el borde de la bañera y la risa volvió a invadirme; me reí con un furor antinatural mientras en mis ojos inyectados brotaban lágrimas de dolor, y resbalaban por mis mejillas abofeteadas. No. Dame un filo y acabaré con todo esto. Pero si no te vas… lo usaré contigo.
“Olvida que necesitas respirar. Olvida que eres un ser humano. Olvida que estás viva. No sientas nada y sólo duerme. Algún día, las heridas se secarán y quedarán las cicatrices, sólo cicatrices, recuerdo de cien puñaladas y de otras cien mentiras…”

Metí la cabeza en el agua y cerré los ojos. Cada una de esas mentiras ardían abiertas en mi piel… pero los recuerdos, como la tinta que se disolvía en el papel empapado, empezaban a dejar paso a un hoy, a un presente que, como el ayer estaba siempre lleno de dolor, se presentaba a su vez lleno sólo de ira.

Inspiration by: Khlav Kalash
Comentarios
andré dijo hace 2 años y 29 meses:
me gustado mucho, pero me preocupa :), piensas en ésto todo el rato? o es ficción?
Belsan Empress dijo hace 2 años y 29 meses:
Bueno, la ficción jamás supera la realidad ^^
No te preocupes por esto. Hay cosas más terribles en el mundo para preocuparse en serio.
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