30-08-2007 02:30:55 - Cartas a la Emperatriz - Leido 102 veces

Querida Emperatriz:
Tras un par de semanas en este monasterio por fin me he decidido a escribirte. Perdona si es mucho atrevimiento hablarte de tú y llamarte "querida" en mi primera carta, no he podido evitarlo; siempre pensé que el respeto era un concepto muy cuestionable, y me parece que alguien que nos ha salvado la vida no merece respeto, si no amor. Y como no tuve tiempo de decírtelo, gracias. Muchas gracias.
La gente de Arcarán es muy tranquila y humilde, sin embargo siempre parece contenta. Están todos muy animados, no he encontrado a nadie que me reciba mal. He podido observar que su monarquía es idéntica a los regímenes dictatoriales de mi mundo, y sin embargo, son tan optimistas y parecen tan satisfechos, a pesar de estar privados de libertad y racialmente segregados... me asombra y me avergüenza su fortaleza. No lo dicen, pero veo en sus ojos que esperan a un futuro mejor. Yo nunca fui así de fuerte.
Las Damas del templo de Lathiel son muy simpáticas también, y no curiosean encima de mi hombro si me ven escribir. No tienen nada que ver con las religiosas de la Tierra... Al verlas realizar sus ritos y hablar de sus dioses, con calma y confianza, sin intentar convencerme de nada, he decidido contestar a tu pregunta acerca de la divinidad terrestre. Parece que ya conoces al Dios mayoritario de los lugares en los que he vivido, pero no sabes cómo lo vivimos. Bueno, quizá no sea la más indicada para darte una visión global, pero voy a contarte, si no es mucha pretensión, qué es lo que yo siento.

Si le preguntase a la mayoría de coetáneos míos en la Tierra si creen en Dios, la respuesta más probable será un "pfff, no, qué va" sin más argumentos. Preguntándole a una porción más pequeña de ellos, descubriríamos ideas un poco más claras: "No, venga ya, paso de tener encima a un Dios que me esté diciendo qué tengo que hacer y cómo me tengo que portar", por no olvidar los furibundos y siempre omnipresentes "Dios es un invento para dominar a los débiles, Dios no existe" y variados etcéteras. Visto lo visto, la gente de mi edad se considera atea, allá en mi mundo.
Yo pensé que lo era, hará un tiempo. Fui una niña que se sentía culpable cuando se olvidaba de rezar y que hizo la Primera Comunión con una ilusión que no alcanzaba a entender. Al crecer, me desengañé de todo, como creo que le pasó a la mayoría de gente de mi edad: corrupción, represión, dictadura intelectual, cerrazón mental, dedos acusadores desde el encerado en clase de religión. Lo que antes estaba claro y parecía obvio ahora resultaba decepcionante y amargo. Y uno piensa "bah, ¿realmente se tragan todas esas chorradas así, por las buenas? ¿de verdad esperan que yo les haga caso?" El problema aquí, me parece, es que confundimos la idea de Dios con la religión; es decir, que creemos que Dios no es lo que es, si no lo que las personas nos dicen de ello. Supongo que no soy tan atea.
Tampoco soy creyente. Mi salvajismo pasional me lo impide; no sería la primera vez que me llaman hereje. Pero no es lo mismo religión y fe. La primer es norma; la segunda, amor. La religión ha sido arma de guerras impías y sangrientas cruzadas, ha sido excusa de colonización, racismo y maltrato, ha sido estandarte de nazis y de mutiladores. La fe es...
No lo sé. Pero, maldita sea, escribo poesía, ¡no puedo quedarme de brazos cruzados ante ese Algo tan inmenso! Cometería la peor de las hipocresías si me declarase atea para quedar guay delante de la gente, porque es lo que se lleva, porque si no dices que no crees en Dios, aunque no afirmes lo contrario, ya te tachan de beata. No. No tengo más que salir ahí fuera y sentir...

Las respuestas porque sí no valen. Miles de adolescentes en mi mundo se ufanan de su ateísmo, porque nadie les puede demostrar empíricamente (bueno, empíricamente no, no creo que conozcan esa palabra) que existe un dios, y sin embargo repiten hasta la náusea los tópicos eternos del amor, la felicidad y la libertad. Tienen tan pocas pruebas de que exista ese dios como de que sean capaces de amar, de ser felices, de ser libres; de que esas palabras que suenan en las canciones de moda una y otra vez tengan una base real. Ya me gustaría a mí estar tan tranquila con mi consciencia, pero va a ser que no es tan fácil. Lo sería si no hubiera sentido ese estremecimiento al darme la luz del sol en la cara, acompañada de viento de otoño, mientras las notas de una canción me hacían palpitar por dentro; lo sería si no me hubiese aterido de conmoción ante la lluvia como gotitas de mercurio sobre las hojas de los árboles y no hubiera tenido ganas de llorar ante el sueño dulce de un perrito recién nacido entre mis brazos...
No creo en el mono-Dios que has tenido el gusto de conocer, no creo en un dios como ser pensante y racional que registra nuestras acciones y sostiene nuestras manos. No creo. Creer a secas es peligroso. Pero puedo sentir, y eso es más de lo que se nos permite frente a un altar. Sé que Ella está ahí. La Madre, la Energía universal, la Diosa descastada, el vientre que todo lo engendra y todo lo pare, la Tierra castigada por sus hijos, Gaia. Apenas consigo entenderla, apenas llego a dilucidar lo que intenta decirme, pero la siento bajo mis pies, la siento en las olas del mar cuando me mecen y me golpean y la siento en cada una de mis poesías; venimos de ella y a ella volveremos. Y le ponga el nombre que le ponga, ese Todo es la divinidad de la que hablo.

No sé por qué es hembra. Quizá aún siento desconfianza y resquemor hacia los machos humanos, no lo sé. Pero ha tenido muchos nombres y no todos la han conocido como realmente es: no como miedo ni como obligación, si no como parte inseparable de uno mismo. Como la Vida, que equilibra los conceptos que las iglesias nos han obligado a enfrentar: "bien" y "mal", luz y oscuridad, "salvación" y "perdición". Lo que Ella intenta decirnos quizá, es que esta lucha no la puede ganar ningún lado; si uno desaparece, el otro lo hará con él, pues ambos existen debido a la existencia del otro. El día y la noche de nuestro espíritu son las dos piezas de un todo, y así debemos sentirlas y aceptarlas, sin sentirnos culpables. Es de esto de lo que hablaba la novela que dejé a medio escribir, aquella aciaga tarde, en la Tierra.
Luego... no puedo creer en un dios que me apunta con el dedo desde lo alto de un púlpito, no puedo creer en un dios que vigila mi cama para saber a quién me follo y que me habla de cielos y de infiernos, olvidando el precioso presente; no puedo creer en un dios que asegura que todos somos hermanos mientras condena lleno de asco a los homosexuales, al tiempo claro que sus portavoces sodomizan impunemente a niños en sus sacristías; no puedo creer en un dios que no hace favores gratis, que me promete un final feliz siempre a cambio de mi total obediencia; no puedo creer en un dios que me obliga a renunciar a los aspectos "perniciosos" de mi ser y me castra para obligarme a enfrentar la vida con la barbilla apuntando al pecho. No puedo.

Pero puedo sentir a la divinidad que flota en el aire cuando está perfumado de azahar, al dios o diosa que está en mí cuando escribo con lágrimas en los ojos, a la fuerza que inspira mi devoción y mi rabia, a la propia sangre de mis venas y al aire de mis pulmones, que lleva los mismos átomos que cubrieron tumbas de emperadores, ardieron sobre regímenes caducos y anidaron en el aliento de aquellos que no se conformaron con un sí y un no. Puedo creer en la belleza, pues paso la vida buscándola, tratando de entender su esquiva y confusa naturaleza. Puedo creer en la vida, pues es lo único de lo que, al fin, tenemos certeza los seres humanos. Y creí en ti, cuando me miraste y me regalaste una inocencia que creí que se había ido para siempre...
El mundo es una inmensa esfera de luz, cubierta por una crujiente cáscara gris. No podemos conocer la luz, no podemos llegar hasta ella ni comprenderla, apenas y sabemos que existe. Pero, de vez en cuando, las placas de la cáscara se mueven y se abre, durante una mínima fracción de segundo, una fisura por donde se cuela el resplandor inmenso de lo Desconocido. Me paso la vida persiguiendo esos frágiles instantes de luz... No puedo ser tan arrogante de creer que mi vida es donde empieza y acaba todo.
No soy atea, me parece, aunque probablemente algún colectivo de monjas podría acusarme de ello y echárseme encima con pérfida ironía. No sería la primera vez, ya lo he dicho.
Siento, eso me parece.
Siento esa extraña cosa que llamamos vida.
Supongo que eso es lo que intentaba decir.

He trasnochado y es hora del zgarod del amanecer. Las Damas dicen que es cuando el mundo en el que viven les recuerda la presencia divina en su perfecto equilibrio, y ocurre cuatro veces al día. Aunque todo eso tú ya lo sabes, seguramente. Me quedaré aquí el tiempo suficiente para aprender de esta gente todo lo que tengan que enseñarme, y luego partiré a occidente. He oído que en la Península de la Rosa hay disturbios...
Gracias una vez más, Emperatriz.
Azucena.