Laburo España: 250.000 ofertas de empleo
La Emperatriz de Belsan
26-09-2007 18:05:48 - Relato - Leido 91 veces


Sobre la superficie cuarteada del espejo, la cálida llama ambarina de una vela reluce, haciendo brillar con destellos de cuchillos los enormes rajones que parten el cristal en una gran estrella. Velas, hay velas por todas partes, iluminando la estancia con su aura maternal y derramando su cera como lágrimas de marfil roto. El bailoteo inconstante de sus pequeños fuegos chisporrotea en todas partes; en los fragmentos de vidrio del suelo, en el borde dorado del espejo y en la sangre oscura y carmesí que se agazapa por doquier.

Hay sangre en el suelo, encharcada y espesa, y también sangre en mi vestido, sobre mi pecho y goteando por mi mandíbula. Camino por la habitación, perezosa, con el único fin de concederme el placer de oír sonar mis pasos. Paso distraída mis cetrinos dedos por las velas, acaricio con delectación el fuego sin que éste quiebre ni por asomo la perfecta blancura de mi piel. Siempre fui algo pálida, pero nunca así, nunca lisa, espesa, pura como el alabastro. Sonrío desdeñosa, mirando al charco rojo más grande, donde yacen enrollados y desmayados los despojos de una capa oscura, hundido todo entre ceniza. ¡Qué poco queda de la última pretensión que tuvo conmigo este mundo humillante!

Doy una vuelta, juego con el vuelo de mi vestido de tafetán negro, me siento en el suelo con ligereza, con economía de movimientos; mi cuerpo es una máquina perfecta, mi entorno es su molde y se escurre en él como si hubiera nacido en su interior. Me miro de nuevo en el espejo roto. Me fascina mi imagen, me encanta mirarla, le sonrío moviendo con sensualidad mis labios rojos y ensangrentados; ya no me avergüenza esa pasión lésbica por mi reflejo, ya no siento culpa, la culpa no sirve para nada. Te quiero, me susurro inclinada hacia el cristal, te quiero, eres perfecta, nada puede dañarte. Mi aliento empaña débilmente mi reflejo, sé que pronto ya no lo hará. Mi piel está fría, me acaricio, y sonrío de puro gusto…

Me levanto, camino hacia la ventana. La noche está muy azul, las estrellas son pálidas, la luna es apenas un fino hilo corvo de una plata deslumbrante. Respiro su aire fragante, siento su llamada. Muy pronto ella y yo nos conoceremos. Nos queda mucho tiempo para estar juntas.
Mi mirada roza nuevamente la capa quemada. Casi con desdén toco mi cuello; lo recuerdo, recuerdo sus ojos invitadores, su sonrisa, su descarada seducción. Recuerdo mis infantiles deseos, mi fascinación, mi ansia de poder, mi sumisión asombrada; lo recuerdo todo con una vaga náusea. Recuerdo su voz arrebatadora, arrastrándome a donde quería… arrancándome lo que deseaba con una facilidad inusitada, su boca… Sus manos acariciando mi cuerpo. “Mía, mía” susurrando mientras me drenaba. “Mía, mía” mientras me ofrecía su propia esencia, maldiciéndome de forma irrevocable. “Mía, mía” mientras yo agonizaba a sus pies, dejando a mi cuerpo morir, él inclinado sobre mí, mirándome tan profundamente que no advirtió la mano trémula que a tientas derribó una vela sobre su espalda…

Río con placer, quedamente, saboreando cada plácida carcajada. El mundo ahora parece encendido en una primavera oscura, en la que cada objeto, cada aura despierta los sentidos con una intensidad arrolladora; a partir de esta noche, siempre será así, una orgía de los sentidos, un eterno desfile de sensaciones. Mi cuerpo late ansioso; siento una sed brutal de vida, como jamás deseé nada en mi vida anterior. Pero, me detengo en los estantes de madera que brillan bajo las velas, sólo un momento, para acariciar con ternura los libros que guardé con tanto mimo durante años. Algunos aún están sin leer. Sonrío dichosa al comprender que eso ya no importa; todos los libros del mundo serán míos si lo deseo, todos los que quiera y más, tengo una eternidad para ello. Por fin el Conocimiento dormirá en mi lecho… Al pensar en eso me estremezco de anticipación. Conocimiento. Él sabía de mi amor por la historia, de mi ansia insaciable de saber, de mi terror al paso del tiempo, que me arrebataría todo sin permitirme llegar a lo más profundo de la vida antes de mí. Anhelaba tanto los velados secretos de la historia, su plenitud inalcanzable en toda una vida mortal… Él lo sabía, él lo sabía todo y se valió de ello para hacerme caer en su encanto.

“Yo estuve ahí cuando el Imperio de occidente se derrumbó…” me había susurrado con su hechicera voz, mientras yo lo contemplaba con los ojos brillantes. “Yo estuve allí cuando cayó Granada, cuando los otomanos entraron en Constantinopla… y puedo contártelo todo, dulce. Todos esos conocimientos, esas historias dentro de la Historia, todo eso será tuyo… sólo ríndete a mí… cede y te entregaré todo lo que quieras saber y más.”

La risa escapa por mi nariz. Mentiroso. No le necesito. Ya había vivido bastante, el muy egoísta; en cuanto su sangre corrió por mis venas lo vi todo con claridad. Y toda su vida, sus incontables siglos han pasado a mí en ella. Ahora los poseo, son sólo míos. Le he arrancado lo más preciado que tenía, con un simple gesto me he apoderado de su aliento, saciada ya con su esencia vital. Me sonrío al darme cuenta de que apenas unas horas antes me horrorizaría lo que acabo de hacer. Ahora no me importa. Mi febril compasión, aquella debilidad que estuvo a punto de arrojarme al abismo miles de veces, ha desaparecido. ¿Compasión? Bah. La compasión tampoco sirve para nada.



¿Adónde voy a ir? Me lo pregunto mientras vuelvo soñadora al alféizar de la ventana. ¿Adónde iré? No hoy, por supuesto, y mañana tampoco. Pero después, ¿dónde iré después? No voy a encerrar mi inmortalidad en esta torre, ni mucho menos en esta ciudad, para siempre. Puedo percibir lo inmenso del mundo, el palpitar de su historia creciendo más y más, esperándome. ¿Adónde voy a ir? me pregunto perezosa, y casi sin llamarla surge una imagen en mi mente: aire caliente, perfumado a flores y a especias, un imparable tumulto de vida y de música, risas, fuentes juguetonas susurrando historias del pasado, y recortándose contra el cielo grávido como un chador lavanda, las agujas azules de una mezquita y las cúpulas de plata de Santa Sofía…

Sí… ahí es a donde iré. Me enamoré de esa ciudad años atrás. Es por ella donde empezaré mi viaje a la eternidad.

Simple decisión. Una vez tomada, qué paz, qué silencio. No siento ni una sola inquietud, ninguna más que la ardiente pasión que cada vez crece más en mi vientre; el mundo ha nacido sólo para darme placer, y esta noche beberé de sus venas en un éxtasis narcótico.

Pero, antes de salir por la ventana, indiferente a los restos calcinados de ese algo que hasta hace poco poseyó vida en la muerte, me vuelvo una vez más al espejo y abro el broche de zafiros que sujeta mi pecho, dejando caer levemente mi vestido con un guiño travieso. Quiero cerciorarme de mi aspecto una vez más. Le sonrío a mi cara de vidrio, y las afiladas puntas de mis colmillos acarician mis labios. Siempre poseeré mi cuerpo sensual de adolescente intocada, durante siglos, mis senos de virgen atrevida, mi vientre quebrado, mis acogedoras caderas, y con ellos tentaré al mundo entero, para alimentarme de su vida; mi piel reluce como el mármol y en mis ojos brilla un pálpito sanguinolento…

Vuelvo a la ventana, veo bajo la torre a la gente caminar sin prisa por la tiniebla de la noche temprana. Una riada de carne caliente y palpitante, un mar de sangre dulce y exquisita sólo para mí… Me deslizo hacia el exterior muerta de sed, y ansiosa. Quién sabe qué ocurrirá mañana al anochecer… no importa. Ya no importa; mi humanidad, que llevaba agonizante tanto tiempo, acabó por morir en cuanto bebí el primer sorbo de sangre ajena. ¿Cómo se le llama a esto? ¿Maldad? ¿Condenación? A mí me parece el más sublime de los paraísos. Ahora que he perdido mis remordimientos, ahora que lo he perdido todo, ahora que no me importa nadie más que yo, soy libre para vivir después de mi muerte, para alimentarme de otras muertes, para matar, para arrancar sueños y llevarlos a mi boca sin el más mínimo escrúpulo. Nada importa. ¿Me arrepentiré de esto después? Tampoco importa; sería tan fácil buscar la muerte, tan fácil… No la temo, la he mirado a la cara, estuve entre sus brazos, me ha hecho su novia. Ya no le temo a nada.

Mi cuerpo vuela en manos de la noche, y sé que no olvidaré el sabor de este primer éxtasis. La sed me puede, y no me siento culpable. La oscuridad es un interminable océano de goce y belleza, yo sólo tengo que tomarlo si lo deseo. Es algo que siendo mortal jamás entendí.

Pero esa yo ya no existe.
Ya no importa.

El mundo es mío.
Comentarios
andré dijo hace 2 años y 26 meses:
ding ding ding !
gracias por esta perla!
se me ha ocurrido algo, te lo comento por correo.
Belsan Empress dijo hace 2 años y 26 meses:
Ooookas ^^ (se pregunta qué demonios se le habrá ocurrido a raíz de sus perversidades)
bleuge dijo hace 2 años y 26 meses:
espero no haberte defraudado con la inocencia de mi idea ;)
Comentar


Recordar datos

Referencias - [URL]
Creative Commons 2.1 (cc) 2005 La Emperatriz de Belsan
Gestionado con Bitacorae | Diseñado por amuchamu
Página generada en 0.044 segundos
LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009