04-12-2007 22:49:50 - Shot - Leido 59 veces
Renuncio a este mundo de mierda, renuncio. Me niego a aceptar su vulgaridad, su crueldad gratuita, su absoluta falta de sentido. Renuncio a sus consejos baratos y a la plastificada promesa de la felicidad. Renuncio al "son cosas de la edad" y al "sonríe que no cuesta tanto". Renuncio a la alegría obligatoria y al consuelo etílico, rechazo ese fingimiento para colmar los placeres de quienes miran tu cara.
Rechazo la mentira del amor y su corte de engaños; escupo sobre su definición de pasiones enfermas y destructoras, sobre los poemas que narran fuegos incombustibles. Me niego a aceptar que el amor sólo dura lo que dura la belleza de la juventud; me niego a aceptar que esas llamas arden en el corazón en lugar de en los genitales, pisoteo la concepción terrible y egoísta del amor de los trovadores, rechazo el amor épico y falso de los revolcones nocturnos y los años perdidos.
Renuncio a la belleza y a la feminidad, al absurdo timo de la delicadeza del sexo húmedo y mórbido. Me niego a creer en la belleza amable, de cara lavada y mirada infantil; me niego a enamorarme locamente cuando el otro sólo quiere sexo. Me resisto a demostrar fragilidad sólo porque soy hembra, y a mostrarme como un apetecible premio de una competición absurda. Reniego de la falsa e hipócrita belleza de la silicona, el maquillaje y la carne vulgarizada al aire. Renuncio a la fantasía del sexo sólo con amor y otros inventos supuestamente femeninos; me opongo a complacer a alguien que ni siquiera va a intentar complacerme. Me niego a considerar que, por encima de ser una persona, sólo soy una pobre mujer.
Objeto de la esperanza y sus distintas fórmulas de esclavitud. Me resisto a la sangrante sonrisa de payaso y a una sociedad que retrocede asqueada ante las lágrimas y la miseria. Renuncio a los fulgurantes sueños de futuro, al triunfo, al genio, a la lucha descarnada por ser, no ser o llegar a ser. Me niego a esperar siempre lo mejor sabiendo que no es posible. Renuncio a la competencia y a la selección antinatural, y me rebelo ante la complacencia, la adaptación para sobrevivir y todo ese tipo de infamias. Renuncio a la salvación que los humanos profetizan sin cesar para no sentirse solos.
Renuncio a tener un nombre, un apellido y un número, renuncio a tener una identidad. Me niego a manotear inútilmente contra mí misma para ser lo que creo que debería ser. Me opongo a comprarme una razón para ser rebelde y luego buscar por internet a más compradores como yo. Reniego de quien soy, me niego a ser un ente definido, una personalidad arrogante, orgullosa y destructora. Repulso la patria, los gustos, los ideales y los sueños, las metas, la política, la lucha, la valentía y el odio gratuito. Renuncio a pertenecerme.
Renuncio, en fin, a mi derecho a la vida, y a la prepotencia del ser humano que me la adjudicó. Renuncio a vivir y renuncio a todo lo que existe, porque no tiene sentido, y la culpa es mía. Renuncio a mi Yo, y por tanto, al mundo.
Renuncio sin indemnizaciones, aquí, ahora, ya.
Renuncio.
Rechazo la mentira del amor y su corte de engaños; escupo sobre su definición de pasiones enfermas y destructoras, sobre los poemas que narran fuegos incombustibles. Me niego a aceptar que el amor sólo dura lo que dura la belleza de la juventud; me niego a aceptar que esas llamas arden en el corazón en lugar de en los genitales, pisoteo la concepción terrible y egoísta del amor de los trovadores, rechazo el amor épico y falso de los revolcones nocturnos y los años perdidos.
Renuncio a la belleza y a la feminidad, al absurdo timo de la delicadeza del sexo húmedo y mórbido. Me niego a creer en la belleza amable, de cara lavada y mirada infantil; me niego a enamorarme locamente cuando el otro sólo quiere sexo. Me resisto a demostrar fragilidad sólo porque soy hembra, y a mostrarme como un apetecible premio de una competición absurda. Reniego de la falsa e hipócrita belleza de la silicona, el maquillaje y la carne vulgarizada al aire. Renuncio a la fantasía del sexo sólo con amor y otros inventos supuestamente femeninos; me opongo a complacer a alguien que ni siquiera va a intentar complacerme. Me niego a considerar que, por encima de ser una persona, sólo soy una pobre mujer.
Objeto de la esperanza y sus distintas fórmulas de esclavitud. Me resisto a la sangrante sonrisa de payaso y a una sociedad que retrocede asqueada ante las lágrimas y la miseria. Renuncio a los fulgurantes sueños de futuro, al triunfo, al genio, a la lucha descarnada por ser, no ser o llegar a ser. Me niego a esperar siempre lo mejor sabiendo que no es posible. Renuncio a la competencia y a la selección antinatural, y me rebelo ante la complacencia, la adaptación para sobrevivir y todo ese tipo de infamias. Renuncio a la salvación que los humanos profetizan sin cesar para no sentirse solos.
Renuncio a tener un nombre, un apellido y un número, renuncio a tener una identidad. Me niego a manotear inútilmente contra mí misma para ser lo que creo que debería ser. Me opongo a comprarme una razón para ser rebelde y luego buscar por internet a más compradores como yo. Reniego de quien soy, me niego a ser un ente definido, una personalidad arrogante, orgullosa y destructora. Repulso la patria, los gustos, los ideales y los sueños, las metas, la política, la lucha, la valentía y el odio gratuito. Renuncio a pertenecerme.
Renuncio, en fin, a mi derecho a la vida, y a la prepotencia del ser humano que me la adjudicó. Renuncio a vivir y renuncio a todo lo que existe, porque no tiene sentido, y la culpa es mía. Renuncio a mi Yo, y por tanto, al mundo.
Renuncio sin indemnizaciones, aquí, ahora, ya.
Renuncio.