26-02-2008 23:32:22 - Retales - Leido 93 veces

A día 27 de Febrero de 2008
Un día como hoy, hace ya catorce años, cambió mi vida para siempre.
Todo comenzó cuando, totalmente engañada (como diría Elvira Lindo en su inefable Manolito Gafotas) me llevaron al hospital donde estaba mi madre ingresada. En mi inocencia creía que sólo iba a comprobar que ya se encontraba mejor, mas ¡ay!, no fue así. Mamá me esperaba zampándose alegremente un arrolladito de jamón y queso con espárragos, metida en la cama y tan maquillada y fantástica como siempre. Pero no estaba sola.
Antes de que me diera cuenta, me sentaron y me pusieron en los brazos un paquete envuelto en mantas; un paquete caliente que se movía. Debí haberme olido el mal rollo, pero aún no sabía nada de la vida y me atreví a mirar dentro de las mantas. Aún recuerdo el terror. Dentro del paquete había un ser gordo y rosado, con la nariz chata, unos ojos inexistentes (porque los tenía drásticamente cerrados... y aún hoy, cuando se ríe, vuelven a desaparecer) y el blando cráneo cubierto por un pelaje NEGRO, negro como un agujero negro, recuerdo que pensé. Pero eso no fue lo peor. Porque en cuanto mi padre, con una sonrisa pérfida que le achinaba los ojos de una forma sospechosamente parecida a la de la cosa, la soltó delicadamente para que yo la sostuviera sola, manteniéndose a una prudente cercanía, el bicho en cuestión abrió una boca enorme como un buzón y llena de encías, y pegó un berrido terminal que me heló la sangre.
El animalejo no me gustaba y yo tampoco le gustaba al animalejo; eso estaba claro. Pero por alguna razón mis padres no se dieron cuenta de esa situación tan dramática y, un par de días más tarde, metieron en casa sin ningún pudor a la bestia, instalándola en la salita de estar. Yo vigilaba mi terreno, alerta las veinticuatro horas (bueno, de siete de la mañana a ocho de la noche): ese parásito gritón que había conquistado a mis padres no iba a invadirme.
El bicho se instaló en casa con todo el morro del mundo. Comía por cuatro, aullaba por las noches y se desarrollaba a una velocidad de vértigo. Incluso abrió los ojos, aunque eran tan estrechos y estaban tan ocultos por los enormes mofletes que siempre dudé de su capacidad de visión. Tonta de mí: de repente la criatura creció lo suficiente como para salir de su jaula de madera y se puso a campar a sus anchas por MI casa. Simplemente un día esperó a que yo le pasara desprevenida por delante y me atacó.
Fueron años difíciles en los que tuve que convivir con la bestia. Cada día se hacía más grande; se alzó a dos patas, dejándose las garras libres para engancharme por los pelos, y empezaron a crecerle unos colmillos diminutos que no dudaba en clavarme en cuanto dejaba de vigilarla. Incluso a veces producía sonidos que se parecían a nuestro idioma, pero nunca la escuché: sabía que era otra de sus tretas para acabar conmigo. Y ese no era el mayor de los peligros. La bestia metía las zarpas entre mis cosas, rompía y desordenaba a su gusto. Cuando aprendió a hablar del todo, incluso se metía en mis asuntos, me interrumpía a todas horas y exigía que jugara con ella para entretenerla, cuando no me acorralaba para obligarme a escuchar durante horas sus mismas e interminables anécdotas. El pequeño alien se había adueñado de nuestras vidas y no pensaba dejarnos marchar.
Aún anda por aquí. Cuando vinimos a España, mis padres la empaquetaron y la embarcaron con el resto de peluches viejos, y a pesar de haber cambiado de hábitat, ha crecido de forma tan monstruosa que hasta he conseguido verle el color de los ojos: son verdes, creo. Su labia y su cantidad de palabras por minuto se han multiplicado por varios cientos, y cuando no está en la calle en busca de presas se la pasa subiéndose por las paredes y hablando hasta que consigue que nos salgan ampollas en los oídos. Queda poco del rollizo monstruito de aquel día de febrero en el hospital, pero yo no me dejo engañar: a veces todavía me mira con los ojos chinos y pérfidos de la primera vez, y entonces sé que está tramando alguna maldad contra mí. Nada ha cambiado entre ella y yo.
...
Y, ¿sabéis qué?

Somos coleguis.
Feliz cumpleaños, Toni!!