-¿No te sientes aterrorizada ante el infinito, por mucho que lo busques? Es normal. Por eso prefiero los jardines...
-Juanrra, no tiene gracia. Pareces memo hablando siempre de lo mismo, que si el huerto, que si las flores. Tú y tu maldita eternidad. Eres un egocéntrico.
-Al igual que tú, cariño. La única diferencia es que yo al menos estoy muerto, y tú, no.
Mierda. ¿Por qué seguía empeñada en hablar con él, con lo mal que me caía? Sus palabras eran pura paja de colorines, como una montaña de guijarros en la que muy de vez en cuando brillara una vena de cuarzo. Además, ya lo había dicho: él ya estaba muerto, y yo era sólo una mocosa. ¿Por qué, entonces, esa cabezonería en discutir, cuando los que están tiesos en su nicho son los únicos que ya no se mueven más?
Quizá por aquello que dijo. "Mas se fue desnudando..."
Tal vez él también era esclavo de las formas, y también se ahogaba entre rosas, atrapado por su pobre lengua. Tal vez él también sentía la desilusión de escribir y ver que las palabras perdían el lustre, y no le hacían justicia a las ideas luminosas que le impulsaron en un principio. Tal vez él también intuía que todos mentimos al hablar, que nuestro lenguaje es mezquino. Nada de lo que decimos existe. ¿Dónde está la luz que se estrella y se rompe contra todas las formas?
¿Dónde está?
Como ya se había reído bastante de mí, le di la espalda y me fui a andar por los sedientos pastizales mediterráneos, llenándome los zapatos y los tobillos de tierra. Entre las hierbas altas se veían televisores despedazados, sillas rotas, trozos de carrocería. Todo oxidado y turbio, cubierto de caracoles soñolientos. Me sentí aliviada al ver que aún existía justicia: cuando acabáramos de autodestruirnos, o de matarnos unos a otros, Ella volvería, sin burlarse y sin lamentarse, a ocupar su lugar, Siempreviva, la Madre eterna. Por ahí iba la cosa.
Tenía una canción, miles de canciones en los oídos, canciones profundas como velos y como lagos. El viento ahuecaba las cosas y las buganvillas trepaban por la tapia del cementerio. Cerré los ojos y empecé a moverme, meciendo el cuerpo y los brazos con suavidad, mientras mis labios murmuraban roncamente la letra de las canciones. Sin darme cuenta, alcé la barbilla y desencorvé los hombros, y entonces dejaron de existir el sol, el terral, las hierbas, el cementerio. Era la hora de color perla gris, era ninguna hora.
La música ya no estaba en mis oídos: estaba en todas partes, venía de mí, yo la exhalaba, ella me abrazaba. Mi movimiento leve se convirtió en una danza: una excitación honda y oscura ardía en mí. Me saqué las tijeras del cinto y corté el último mechón que tocaba mi hombro; arrojé lejos mechón y tijeras y giré sobre mí misma, ondulando los brazos. Desnuda, dije como música, desnuda.

Me arranqué los pendientes de las orejas, la gargantilla, las pulseras, las correas, los anillos, las púas; las oí caer como lejanos estallidos de una guerra que ya duerme y se rinde. Me froté la cara para limpiar el carbón de ojos y labios, y encontré las lágrimas, subiendo como magma de cristal; me disolvía. Mis caderas vibraban hasta el suelo y el suelo me vibraba a mí; yo seguía girando. Desnuda, desnuda...
Pateé lejos los zapatos y sentí el piso, a la vez no lo sentí. Recordé que la noche anterior había soñado que salía a la calle de madrugada, en pijama y calcetines, pero no sentía el frío de la acera, sólo corría y corría y corría. No sentía el frío entonces y no lo sentía ahora porque el suelo ya no era ajeno; era mi cuerpo que se prolongaba más allá de mí. Tiré de mis medias y se rajaron de parte a parte, cayendo como violetas mustias a mis pies. Las ligas saltaron, las desabroché y las arrojé lejos.
Me quité la blusa por la cabeza y noté la brisa en mi vientre, el centro de equilibrio, el eje de todo, como la curva del horizonte. La falda se abrió por un costado y rodó por mis piernas como una ola negra, girando conmigo hasta volar lejos por su propio impulso. Ahora sentía el movimiento en la piel, como los pétalos de un crisantemo abriéndose danzantes desde el mismo centro. Reventó el broche de mi espalda, reventó el encaje de mis caderas, y alcé los brazos en la música de ese momento, los senos alados, las piernas ligeras: desnuda, poesía desnuda, canté sonriendo. Pero al sentir un tintineo bajé las manos al vientre, y encontré la última prenda, el cintillo de la mujer, la cadena de la carne, el ritmo de la belleza. Todo cuanto constituía la búsqueda hasta entonces, con nombre, con color, con imagen. La música seguía brotando, un tambor en mi pecho, un violín en el pubis, un cascabel en la frente. Todas las siluetas se borraron: mis pasos ya no tenían que sonar más. Sin abandonar mi sonrisa me entregué a un giro salvaje, gritando de júbilo, y el cinturón de monedas cayó al suelo por última vez, en un estallido dorado.
Cuando era más joven, me preguntaba por qué la gente busca el infinito más allá de las estrellas, cuando tienen un universo interminable dentro de sí mismos. Ahora entiendo que ese universo interior es un reflejo del de afuera, son dos universos tocándose, dos cuerdas, dos anillos, dos infinitos encarados que son el mismo infinito reflejándose. Y allí, en el punto donde convergen los dos prismas, se existe: es el aleph que encontró Borges en el sótano, el punto donde todo se ve y todo vive, donde se acumulan todos los nombres. Si ese punto se rompe, si la simetría colisiona, todo deja de existir: es entonces cuando la Nada invade. Es entonces cuando no se es. Es entonces cuando finalmente se es.
Salí corriendo bajo la lluvia gris, en otra madrugada onírica: la hora que no es ninguna hora, la hora en que todo puede pasar. Desnuda, vacía. Pura. Todo. El agua corría por mi cara, me empapaba el pelo, se colaba en mis axilas y se fundía con mi sudor; ya no había diferencia, la lluvia estaba fuera, la lluvia estaba dentro, la lluvia era yo. Atravesé la cascada con los brazos abiertos, gritando, riente, gozosa. ¿Cómo decirlo, cuando todos los nombres, todas las palabras se habían ido? Bajé la calle corriendo, mi cuerpo chapoteaba y se volvía transparente, como la lluvia, los edificios ya no se cerraban sobre mi cabeza, habían caído. No quedaba piedra sobre piedra.
-¡La he encontrado, Juanrra! ¡La he encontrado! -creo que grité, ahogada y etérea-. ¡Ya no soy yo! ¡Ya no soy yo...!
Música: Sadness (Enigma)