
Ocurrió un día de esos entre verano y otoño, cayendo ya la tarde. Sí, ocurrió, ocurrió sin más. No hubo ninguna señal premonitoria, nada que nos indicara que pronto algo cambiaría nuestras vidas para siempre. Quisiera pensar que estábamos predestinadas, que el clima empezó a cambiar justo ese día, que fue en esa época cuando nuestros caminos empezaron a definirse irreversiblemente. Pero sé que no. Tengo que admitir la puñetera mediocridad de toda mi vida. Nada en ella ha ocurrido que sea digno de ser contado. Ni recordado. Salvo esto. Salvo ella.
Era miércoles, hacía poco que habíamos empezado el colegio. Tendríamos unos quince años. Maldita edad maldita. Caerían ya las siete de la tarde, la luz era ambarina y la temperatura debía de ascender a unos treinta grados centígrados, la triste canícula de septiembre. La avenida del cementerio, típicamente flanqueada de álamos, estaba vacía. Y allá íbamos nosotras.
-...claro, le dije que me dejara en paz, y se montó la de dios -iba diciendo Alicia, mostrando su enfado abriendo mucho los ojos. Qué caradura era, y qué graciosa. Su desparpajo a veces se confundía con una mala educación aberrante, pero era tan encantadora y extrovertida entonces... Yo la admiraba secretamente (ni bajo tortura lo habría admitido delante de ella) por su fortaleza y resolución, por sus largas pestañas oscuras y la brillante cascada de pelo negro que le barría la cintura, atrayendo todas las miradas. En aquel entonces era un auténtico remolino. Nada presagiaba en lo que se iba a convertir después.
-¿Y te castigaron?
-Noooo, qué va. Se pusieron a discutir entre ellos y pasaron de mí.
-¡Ah, pues bien! -se carcajeó Cristina. Ella era la más malhablada de las cuatro, una chiquilla punk, campechana y directa, eternamente risueña y dispuesta para la juerga y la chanza. Creo que nunca llegué a conocerla del todo bien; por eso a veces me daba miedo. No pude intuir la dulzura que yacía tras su rictus desafiante hasta mucho tiempo después, cuando ya era demasiado tarde para todas.
-¿De qué habláis? ¿De qué habláis? -apareció sobre sus hombros una carita de niña, siguiéndoles la marcha. Lucía. Pálida, delicada e inocente hasta la médula. A veces, aquello resultaba exasperante; una no podía saber si estaba haciéndose la tonta o era así de pava. Sin embargo, había algo en ella. De las cuatro, Lucía era la más íntegra y noble; ese tipo de personas que al conocerlas a fondo no puedes evitar querer con desesperación, alguien que es la encarnación natural de la esperanza. Una criatura dulce y compasiva con los defectos ajenos, paciente, conciliadora, irremisiblemente buena. Quizá igual, aunque en una forma muy distinta, a mí.
-¡¡Que me esperéis, imbéciles!!
Y yo, Isabel. Demasiado ingenua y corta de entendederas para el mundo, como bien se encargaba de recalcar siempre que podía Alicia, aunque no dulce y paciente como Lucía. Era insegura y voluble y me resultaba muy fácil envenenarme con rencores y recuerdos amargos, arrastrando a los demás conmigo. Solía golpearme la cabeza con las farolas y seguir a los chicos por la calle con la mirada anhelante, incapaz de dirigirme a ellos sin sentirme una perfecta imbécil. Años después, ahora que todo se derrumbó, puedo recordarme así y sentir aunque sea un poco de compasión por la chiquilla que fui. No era el caso entonces.
-Pues date aire, tía -espetó Alicia, mientras yo llegaba jadeante y me doblaba en dos apoyándome en las rodillas-. Que es que no eres más lenta porque no te entrenas.
-Cállate -gruñí sin aliento-. Y vosotras, gracias por esperarme, ¿eh? -increpé a las otras dos.
-Lo siento, Bels -se lamentó Lucía, dando muestras de verdadero arrepentimiento. Siempre hacía igual. Parecía que había asumido el peso de los errores propios y ajenos y la responsabilidad de enmendarlos, por eso siempre tenía una tierna disculpa presta en los labios. Sonreí, mientras Cristina se reía divertida. Así era Lucía. Imprevisible, pero tan, tan buena, derrotada por su propia compasión.
-Bueno, ¿qué, seguimos? -llamó Cris, un par de pasos más allá, y Alicia la siguió. Nosotras dos también, y cruzamos la carretera para adentrarnos en uno de los descampados que rodeaban la avenida del cementerio. Nos gustaba caminar por allí, hundiéndonos hasta las rodillas en los hierbajos y caminando en zigzag para sortear la basura amontonada entre ellos. Se oían los zumbidos de distintos bichos en el aire espeso, las chicas iban charlando. Yo estaba callada, como tantas veces, mirando embobada a mi alrededor, más pendiente del vuelo de los insectos o el graznar de los pájaros que de los asuntos de los animales de mi especie. Supongo que fue por eso por lo que lo oí primero.
Aquel extraño ruido que capté de pronto no provenía de una cigarra ni de otro tipo de bicho. Parecía ser producido por un animal más grande: recuerdo que pensé que parecía un cruce entre el plañido de un gato y el llanto de un recién nacido. No parecía, sin embargo, un lloriqueo. La cadencia y el ritmo no se parecían en nada a cualquier otra cosa que hubiera oído antes; parecía cantar, repitiendo un patrón de sonidos con regularidad, más que llorar. Fruncí el ceño, extrañada.
-¿Habéis oído eso?
-¿Eh?
-Fijaos -extendí el índice para llamar su atención. Las tres se detuvieron, oteando para un lado y para otro. Tuvimos que esperar un rato hasta que el sonido se repitió.
-Ahí va -dijo Cristina.
-¡Un gatito! -exclamó Alicia-. ¡Ooooohhhhh!
-Ahí va otra vez -gruñí mientras ella empezaba a buscar frenéticamente al dichoso animal, entre las hierbas altas. Nuestra amiga tenía una obsesión por los gatos; era incapaz de ver a uno y no detenerse a hacerle monerías un rato, no importaba cuál fuera la situación. En esos momentos la llamábamos por un sobrenombre especial.
-Ahora no, Neko, joder... -se quejó Lucía, pero las tres sabíamos que era inútil. La dejamos deambular entre las hierbas amarillentas del descampado, buscando al gato, mientras íbamos avanzando trecho, como hacíamos siempre. Mas, cuando ya estábamos a varios metros, pasó algo que no pasaba siempre.
-¡¡Kyaaaaaaaaa!!
-¡¿Qué coño...?! -grité asustada, y nos volvimos justo a tiempo para ver a Alicia echar a correr derrapando sobre la grava, gritando como gritaba ella: como la sirena de un petrolero.
-¡¿Qué es eso?! -vociferó, arrojándose contra nosotras.
-¡¿Qué?! -¡Ahí! Miramos hacia la dirección que Alicia señalaba, obviamente el lugar de donde provenía el extraño ruido. Mil cosas pasaban por mi cabeza mientras nos acercábamos, temerosas. Pero no, nada presagiaba lo que iba a pasar. Esas cosas no pasan.
Lentamente apartamos los mechones resecos que nos obstruían la visión, revelando la fuente del sonido. Miramos hacia el suelo, mientras Alicia se agazapaba todavía aterrada tras nosotras. Desde luego, no estábamos preparadas para lo que vimos.
Recuerdo que Cris gritó como no la había oído gritar en su vida y que yo me uní, retrocediendo ambas a trastabillones y atropellando a Alicia, tan aterrorizada que ni se quejó. Lucía se quedó paralizada, con los ojos muy abiertos y la cara pálida, más pálida de lo usual. Ni un solo sonido salió de su boca. Lo que había en el suelo, en cambio, volvió a producir su llamado.
-Iuuuuuuu uuu.
Creo que se me escapó un gemido de miedo.
La cosa que yacía en el suelo, entre la paja y la basura, semejaba un bebé de pocos meses algo deforme. Era rolliza y su piel tenía un tono grisáceo, brillante de algo que parecía baba. Sus ojos, también grises, eran enormes, desproporcionados con el tamaño de su redonda cabeza. Y nos miraba.
-¿Qué cojones es eso? -oí musitar a Cris, aterrorizada. Alicia y yo balbucíamos; no nos salían las palabras de la boca, aunque realmente, ¿qué habríamos podido decir?
Lentamente reparamos en Lucía. Seguía mirando al ser sin mover ni un músculo. Pero en sus ojos, a diferencia de nosotras, no había pánico ni rechazo. Tengo los recuerdos de ese momento, como de otros millones de mi vida, un tanto borrosos. No recuerdo haber visto ninguna lucecita especial en los ojos de Lucía, ni haber presentido en ese momento un sentimiento poderoso agazapado en ella. Sólo recuerdo que no tenía miedo. Lucía no tenía miedo.
Pasamos un rato larguísimo sin atrevernos a mover ni un pelo. Recuerdo que a mí se me agarrotaron los músculos de la pierna derecha. Lucía fue la primera en agacharse y acercarse a la cosa. Nosotras estábamos tan asustadas que no se lo impedimos. Ella cogió una cañita alta, la rompió dentro del puño y la utilizó para, muy cautelosamente, tocar al ser con la punta. No sé de dónde sacó el valor para hacer eso. Yo no lo habría hecho.
El bicho no gritó ni se revolvió al sentir la punción de la caña. Sólo bajó sus enormes ojos hacia el instrumento, y luego los clavó en Lucía, mirándola fijamente, como reconociéndola. Hizo ese movimiento varias veces, como si, aunque en ese enloquecido momento no se me ocurrió, estuviera estableciendo la relación entre Lucía, la cañita e, incluso, puede que sus intenciones. Después, volvió a emitir su sonidito, pero más corto, y una de sus rollizas extremidades, que se parecía bastante a un brazo humano, se extendió hasta el palillo, palpándolo. Lucía se giró lentamente hacia nosotras, y me sorprendió sobremanera lo que vi. Estaba sonriendo.
-¿Habéis visto qué mono?
El ser, con una mirada que parecía curiosa, siguió los ojos de Lucía y nos miró a las tres. Creo que retrocedimos instintivamente. Si me esfuerzo un poco, puedo revivir con perfecta claridad lo que sentí cuando sus inmensos ojos metálicos me miraron a mí: que mi estómago se autoabsorbía de miedo. Esas cosas sí que no se olvidan. El cuerpo de una siempre es más listo que una misma.
-Tía, tía, qué haces... deja eso... -boqueó Cris, la única que pudo hablar. Yo estaba totalmente muda y creo que Alicia tenía la respiración moqueante y entrecortada de quien ha llorado de miedo. Pero Lucía no le hizo caso, y volvió a mirar a la cosa con una sonrisa encantada.
-A ver, ¿no lo veis? Es inteligente. Sigue a donde yo miro. Sólo los primates superiores hacen eso, creo -Lucía quería ser bióloga. A mí, por supuesto, los primates superiores me la traían fresca.
-¡¿Qué dices?! -mi voz sonó tan chirriante que en cualquier otro momento nos habríamos descojonado. Pero nunca lo hicimos. Ni después, ni nunca.
-¡Que sí, venid! -y sin más le cogió la mano a Cris, que era la que estaba más cerca, y la obligó a agacharse a su lado. Cris soltó un gritito y trató de resistirse, pero Lucía, no sé cómo, consiguió que cogiera la cañita y le hiciera alguna gracia al bicho. Yo seguía acojonada, pero no veía nada con las dos delante, y fue así como me acerqué, con Alicia pegada a mis omóplatos y bien cogida de mi mano. Esa fue la única vez en toda nuestra historia en la que nos tocamos con cariño ciego, desprovisto de ironía. Jamás lo volvimos a mencionar.
Después de eso, los recuerdos se hacen inconsistentes. Surgió una discusión sobre qué hacer con la cosa, pero no tengo ni idea de cuándo recuperamos el habla o de dónde salió la idea de que habíamos adquirido una responsabilidad para con ese ser. Creo, es más, que yo no dije palabra. Acostumbraba a callar estúpidamente cuando los demás discutían y a perder enseguida el hilo de las argumentaciones. Sí que recuerdo, sin embargo, a Alicia jugando con el bicho sin asomo de su miedo anterior, como siempre le pasaba con casi todos los cachorros animales, y a mí mirándolo todo fijamente. No llegué a la conclusión de que no podía ser malo. No llegué a una conclusión de ningún tipo. No estaba elucubrando, cosa rara en mí. Pero pensé que tal vez no era tan repugnante, y que me daba pena dejarlo ahí tirado en el barrizal. ¿Y si se moría qué?
-¡Pues nos lo llevamos! -decidió alegremente Lucía. Niña, más que niña, dijeron nuestros ojos.
-Una mierda metemos eso en casa -espetó Cris, diciendo lo que todas pensábamos-. No sabemos ni qué coño es.
-Pero no podemos dejarlo aquí...
-¿Y luego qué, tía? ¿Le damos de comer y todo? Pero ¿tú sabes de qué estás hablando? -inquirió Alicia, aunque sin asomo de enfado. Algo me decía que había empezado a encariñarse con el ser.
-Un... ¿un chalet? -sugerí yo, hablando por primera vez. Me ignoraron.
-Parece un...
-No parece una mierda, tía -la mierda era la vulgaridad favorita de Cris-. Eso parece... parece un mini E.T.
Creo que fue el tono de voz, tan pueblerino, tan chulesco. Porque en ese momento la tensión se rompió y empezamos a partirnos de risa. Lo necesitábamos. Nos reímos hasta que se nos saltaron las lágrimas, doblándonos en dos y sujetándonos el estómago, repitiendo una y otra vez el chiste de Cris. En retrospectiva, puedo ver que fue a partir de ese momento que dejamos de hacernos preguntas. Simplemente asumimos la presencia del ser y nuestra decisión de cuidar de él. Creo que a cualquiera le habría pasado lo mismo.
-Hostia, ya está -saltó Alicia dando una palmada-. En el cementerio.
-¿En el cementerio?
-Por la noche se puede entrar, no le echan llave.
-Joder con los del ayuntamiento...
-Y está el panteón de la familia de Rafa -Rafa era un amigo de Alicia. A veces me preguntaba cómo demonios hacía para relacionarse con los chicos sin salir escaldada-. Tampoco tiene llave y Rafa siempre me dice que ahí no va ni dios. La podemos poner ahí, y así no le daría el sol y no tendría frío...
-¿"La"? ¿Desde cuándo es una "la"?
-¿Y quién ha dicho que no? A mí me lo parece.
-¡Pero si eso no importa! ¿La-barra-lo llevamos o qué?
La llevamos. Por la tarde el cementerio estaba cerrado, pero Alicia estaba en lo cierto: no le echaban llave. Esperamos a que no pasaran coches por la carretera (la avenida del cementerio, que acababa ya en los descampados del final del pueblo, no era precisamente la más transitada por los peatones) y nos colamos dentro. Lucía llevaba a la cosa en brazos, envuelta en la chaqueta que había traído atada a la cintura, porque ninguna se atrevía a tener contacto directo con esa piel de aspecto baboso. El panteón estaba a la izquierda de la avenida central del pequeño cementerio, y era muy sencillo, de granito y cuadrado, con una puerta estilizada con cristal y barrotes, y el nombre de la familia en letras de bronce sobre el dintel. Alicia, tan desenvuelta como si se colara en propiedades públicas y allanara recintos privados todos los días, avanzó hasta la puerta del panteón, palpó el paño y abrió la puerta con un "clack". No alcancé a ver cómo lo hizo, porque enseguida nos apelotonamos las cuatro para entrar, ansiosas de desaparecer de la vista.
Las lápidas de los muros y el suelo, que solían abarcar a varios miembros de la familia, eran igual de sobrias que el exterior: de granito y con las letras en bronce. No había ni altar, ni vidrieras, ni velas. Pero, aunque en ese momento no hacía falta, descubrí en una esquina un interruptor y grabé el dato en mi memoria para futuras referencias. Lucía dejó al bicho en una esquina, siempre encima de su chaqueta, y el ser se quedó ahí, retorciéndose y emitiendo tenues sonidos ululantes. Nos quedamos mirándolo un rato, sin saber qué hacer. ¿Ahí había acabado la aventura? ¿Ahora saldríamos, nos iríamos a casa y nos tomaríamos la merienda sabiendo que habíamos dejado a un extraterrestre en el cementerio?
-¿Vosotras creéis que comerá? -inquirió Lucía.
-¿Cómo no va a comer, tía? -espetó Cris, sin despegar ojo de la cosa.
-Ah, yo qué sé. No sabemos ni lo que es. A lo mejor no funciona como el resto de animales que conocemos.
-¿Seguro que es un animal? -dije yo, por decir algo.
-¿Y qué va a ser si no?
-Bueno, vamos a ver -zanjó la discusión Alicia, hurgando en su bolso y sacando un bollo. Siempre llevaba encima alguna chuchería, era incapaz de salir de casa sin algo para picar.
Se agachó, desenvolvió el bollo y lo dejó junto a la cabeza de la criatura. Luego volvió a nuestra altura, y las cuatro la miramos. El bicho giró la cabeza hacia el bocado, y sus grandes ojos grises lo observaron con curiosidad. Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía nariz, una diminuta y casi imperceptible protuberancia con dos ventanas alargadas. No parecía, sin embargo, estar olisqueando. Transcurrieron unos minutos y no hubo ningún cambio.
-No sabrá ni que es comida -dictaminó Cris.
-¡¿Entonces se va a morir de hambre?! -Lucía parecía sinceramente preocupada.
-Coño, mujer, si tiene hambre, intentará comerse lo primero que pille. Déjalo ahí y a ver qué pasa mañana -sugerí.
Por una vez les pareció buena idea. Mañana. Eso significaba que había llegado la hora de irse. No había nada más por hacer. Nos miramos, como midiendo quién tomaba la iniciativa de salir, y poco a poco empezamos a retroceder hacia la puerta, sin darle en ningún momento la espalda a la cosa. Creo que aún no nos fiábamos de ella del todo.
-Me da cosa dejarla aquí sola... -dijo Lucía.
-Te debería dar más cosa dejar tu chaqueta debajo de ella, con esas babas...
-Pero entonces, ¿es una ella o qué?
-¡Y yo qué sé!
-Oye, habrá que volver mañana a...
-¡¡Myuuuuuuu!!
Nos quedamos tiesas en el sitio. La criatura nos miraba alegremente, creo, alargando hacia nosotras una de esas extremidades que parecía un brazo. Parpadeaba lentamente y movía los dedos, como si estuviera señalándonos. Volvió a emitir su sonido y nos miramos sin saber qué hacer.
-Jo, ahora sí que me da pena dejarla aquí -se lamentó Lucía.
-Tía, no seas pava -la reprendió Cris.
-¡¡Myuuuuuuu!!
-¡Joder, se va a enterar todo el puto pueblo que está aquí!
Entonces Lucía hizo algo que aún ahora me hace sonreír. Dijo "Ssshhhh!", como se hace con los niños pequeños, y se tapó la boca mirando al ser, indicándole elocuentemente que se callara. La miramos atónitas.
-No esperarás de verdad que te entienda, ¿no? -pregunté.
-No sé, yo sólo... jo...
-Vámonos de aquí ya, coño, que me está dando repelús -exigió Alicia. Cerramos con suavidad la puerta del panteón y salimos despacio del cementerio, en silencio. No lo noté en ese momento, pero ahora, tiempo después, he caído en la cuenta de que no volvimos a oír el sonido de la cosa en ningún momento.