Esa semana sólo había clases por la mañana, así que nos las arreglamos para colarnos en el cementerio todos los días por la tarde. El primer día, cuando entramos en el panteón (esta vez vi que el cristal estaba cortado diagonalmente justo encima del paño, lo cual dejaba sitio para meter un par de dedos y accionar la manija de la cerradura), descubrimos que, si bien nuestra nueva mascota no se había interesado por el bollo de Alicia, las hormigas sí: el suelo estaba cubierto de ellas. Tiramos el tieso y roído bollo fuera, entre los gritos de Lucía, aterrorizada por la invasión, y nos dio tiempo de observar un extraño fenómeno antes de que éstos se dispersaran: aunque la criatura se atravesaba en el camino del río negro de hormigas hasta el bollo, éstas, en vez de pasarle por encima, la rodeaban limpiamente, sin que una sola de ellas se acercara más de un dedo a su resbalosa piel. Ninguna de nosotras lo comentó, pero estoy segura de que todas lo vimos.
Ese día, cuando las hormigas empezaron a largarse, nos sentamos en el suelo y examinamos cautelosamente al ser. No parecía tener hambre o estar desesperado por el encierro. Todo lo contrario, estaba aún más vivaracho que él día anterior. Se movía más rápido, emitía una mayor gama de sonidos y lo observaba todo una y otra vez, como si no hubiera tenido suficiente con las últimas veinticuatro horas. Lucía sacó un lápiz de su mochila y procedió a su taller de estimulación sensorial.
-Hola... -le dijo suavemente, agitando el lápiz en el aire. Y entonces ocurrió algo sorprendente: el bicho se puso una especie de mano delante de la boca... y emitió un "sssshhhh".
-¡Flipa! -exclamó Cris.
-¿Lo habéis visto? ¿Lo habéis visto? -chilló Lucía contentísima, tirando el lápiz por los aires-. ¡Me ha imitado! ¡Os dije que era inteligente! Seguro que entiende lo que decimos.
La miramos sin decir nada. ¿Qué íbamos a decir?
-Deberíamos ponerle nombre -opinó al fin Alicia.
-Sí... "Gusanito" -bromeó Cris.
-¡Ay, no! No seas mala, Cris -protestó Lucía, sin dejar de estudiar las diferentes reacciones del bicho a los movimientos de su lápiz. Entonces me harté de mirar sin hacer nada.
-Déjame intentar -le pedí, y ella me cedió el lápiz encantada. Me encaré con el pequeño monstruo y por primera vez lo miré directamente.
Él también me miró. Parpadeaba lentamente con sus párpados mucosos y grises, y dilataba con regularidad sus fosas nasales alargadas. Ahora sí que estaba olisqueando. Me estaba olisqueando a mí, reconociéndome. Abrió la boca, en la que vi brillar unos minúsculos dientes plateados, y emitió un arrullo nuevo.
-Isabel -dije, poniéndome una mano en el pecho sin saber por qué, y Alicia y Cris me miraron atónitas. La criatura me contempló un rato más, agitando suavemente sus extremidades, y luego repitió el sonido-. Hola -añadí, sintiéndome fascinada y estúpida a partes iguales, y moví la mano en el aire, saludando. El ser me miró un rato más, y luego, con uno de los apéndices que parecían brazos, imitó mi gesto a la perfección. El lápiz se cayó de mi mano.
Me giré a mirar a las chicas. Lucía parecía encantada.
-Eh... ¿no ha crecido un poco desde ayer?
-¿Va en serio? -explotó Alicia.
-No, no, yo también lo he notado -me ayudó Cris-, pero no había dicho nada por si me estaba equivocando.
-¿En serio?
Era imperceptible, y a veces me parecía que también me equivocaba. Pero tenía la leve impresión de que la criatura se había estirado algún centímetro durante la noche. Nos quedamos en silencio, evaluándola. Acabamos por irnos, cada día más desconcertadas.
El tiempo acabó por confirmar nuestra teoría. Al siguiente día, y durante el resto de la semana sucesiva, cada vez que veíamos al pequeño ser, éste había mutado. Parecía que crecía durante la noche. Se hacía más grande, y al mismo tiempo, se estilizaba. La reptiliana piel gris se aclaró en cuestión de días, y sus ojos se achicaron en relación con su cabeza, que ya no era tampoco tan redonda y empezaba a cubrirse de una especie de pelaje plateado. En unos ocho días, el engendro deforme que habíamos recogido en el descampado se había convertido en un humanoide parecido a un niño de unos ocho años, con largo pelo claro, ojos grises y dos bultos puntiagudos en la espalda. En una semana más, había crecido casi hasta nuestro tamaño y sus rasgos se habían alejado definitivamente de lo humano: su cara era tan perfecta que todo cuanto quedaba a su alrededor resultaba grotesco. El pelo, que parecía blanco, le llegaba casi hasta la cintura y nunca se despeinaba. Sus ojos, de un brillo plateado, eran inteligentes, pero al mismo tiempo ausentes de una forma que no puedo describir. Como si estuviera diciéndonos que podía entendernos, y al mismo tiempo que no era de este mundo. Claro que lo que definitivamente separaba a la criatura de la especie humana eran esencialmente dos detalles: uno, que tanto su pecho como su entrepierna eran lisos; no tenía senos, ni pezones, ni sexo, ni vello, ni nada. El otro, que los dos bultos de su espalda habían reventado y habían surgido dos alas enormes.
Dicho así suena tan típico... pero era imposible pensar en clichés contemplando esas alas. No eran los típicos amasijos de plumas en forma de riñón puntiagudo de los disfraces. Eran unas alas de ave perfectas en cada articulación y en cada pluma, blancas y brillantes, que el ser extendía y recogía según su estado de ánimo. Nunca lo vimos volar, eso sí. Pero tampoco teníamos cabeza para pensar en eso.
Dos semanas después del primer encuentro en el secarral, allí estábamos Alicia, Lucía, Cris y yo, totalmente desconcertadas, ante una criatura sobrenatural que empezaba a desarrollar un lenguaje para entenderse con nosotras. ¿Qué era ese maldito bicho? Probablemente todas nos preguntamos eso en algún momento de la metamorfosis, demasiado sorprendidas para comentar nada. Bueno, todas menos Lucía, ya se sabe. Ella había aprovechado ese tiempo para estrechar vínculos con la criatura, y podría decir que era gracias a ella que ahora podíamos comunicarnos básicamente. Siempre fue una persona muy organizada.
-Ahora sí que habrá que ponerle nombre, ¿no? -opinó Lucía alegremente.
-Bueno... ahora ya tenemos claro que no es ni él ni ella, eso seguro -dijo Cris, y nos reímos débilmente. Pero nos volvimos a callar, reflexivas, mientras la criatura nos miraba, siempre con curiosidad, sin emitir sonido. Parecía percibir siempre nuestro estado de ánimo y actuar en consecuencia.
¿Qué nombre ponerle a un ser alado y asexuado? ¿Existía un nombre en la Tierra para eso? ¿Le haría justicia ponerle un nombre terrenal cuando estaba claro que la criatura no lo era? Recuerdo que, en mitad de estos pensamientos, se me ocurrió algo aún más serio: ¿teníamos derecho a ponerle nombre a algo tan hermoso que escapaba por completo a nuestros parámetros, a algo tan misterioso que apenas y podíamos comprender? Qué pretenciosos éramos los seres humanos, poniéndole nombre a todo para registrarlo en nuestros libros sin pararnos a pensar cuál era el nombre auténtico que la naturaleza le había puesto. Sí, alguna estupidez así pensé. La presencia del ser me descolocaba por completo.
-Pues hay que ponerle un nombre, lo que sea, pero ya -decidió Alicia-. Estoy harta de llamarlo "bicho".
-Tú le llamas bicho a todo -señaló acertadamente Cris, y yo celebré la guasa con una íntima risita. Alicia y yo siempre estábamos compitiendo por ver quién era más guay (lamento decir que prácticamente siempre ganaba ella).
-Hikari -dijo Lucía de pronto. Todas, incluida la criatura, la miramos con atención-. Tiene un significado bonito en japonés. Creo que le pega.
Parpadeamos, masticando el nuevo nombre. Creo que lo aceptamos de inmediato porque ninguna de nosotras había pensado realmente un nombre, porque no creímos que fuera posible nombrar a un ser así. Pero Hikari parecía perfecto. Un nombre ajeno para un ser extraño. Y así pasó a llamarse la criatura.
-Hola, Hikari -dijimos todas, acercándonos y agitando la mano. Ya sabía que eso significaba un saludo. Repetimos su nombre varias veces, señalándola y alternándolo con los nuestros, a fin que entendiera la función de esa nueva palabra. No fue difícil, lo captó enseguida. Incluso emitió un arrullo que sonaba muy parecido a su nuevo nombre. A veces me preguntaba cómo estaría conformada su garganta, qué habría en sus cuerdas vocales que las haría diferentes a las nuestras, y cuánto más podríamos saber de ella si tan sólo conociéramos su idioma. Hubiera querido preguntarle, porque estoy segura de que Hikari lo habría entendido, pero me daba miedo, no sé por qué. Creo que siempre le guardé un temor instintivo a lo desconocido del que ahora me arrepiento. Temor, ¡temor a esa criatura! Niña estúpida.
-Oye, y no deberíamos... no sé... ¿ponerle ropa? -sugirió Alicia-. Va literalmente en pelotas.
-Pero si no tiene pelotas -dije yo-. Ni nada que se le parezca.
Sin embargo, yo también me sentía incómoda mirando ese cuerpo tan perfecto que no tenía ni sexo, ni nada que esconder. ¿Qué era, en realidad, ir desnudo? ¿Cuántos otros prejuicios estúpidos teníamos respecto al pudor?
Después del estirón inicial, Hikari ya no cambió más. Seguimos haciéndole una visita todas las tardes, después del colegio. A veces no podíamos ir todas, por lo que alguna vez me encontré a solas con Hikari; fueron las mejores tardes de ese año gris en el instituto. A veces se me hacía de noche, metida en el panteón de la familia de Rafa, y luego me tocaba atravesar la avenida central de la necrópolis en mitad de la oscuridad. Nunca llegué a quitarme el miedo espantoso y el cosquilleo en la nuca. Sin embargo, valía la pena pasarlo mal un ratito por estar tantas horas con Hikari.
Al principio, no sabía muy bien qué hacer. Empecé sacando mis libros de la mochila, pensando en hacer los deberes, pero Hikari, que se encaramó inmediatamente detrás de mi hombro, demostró un interés tan vivo por las fotografías que acabé mostrándoselos con detenimiento y tratando de explicarle a qué correspondía cada imagen. Entendía tan rápido, que te hacía sentir bien; pronto, no sé muy bien cómo, me encontré imitando animales y cantándole canciones de moda, dando saltos e interpretando por todo el panteón. Si el vigilante del cementerio hubiera hecho bien su trabajo, habría pensado que los muertos de la familia Albiach se habían levantado de sus tumbas... o más probablemente habría irrumpido para sacarme de la oreja y Hikari habría terminado en un laboratorio. Sin embargo, nunca pasó nada de eso. Me pregunto si la extraña habilidad de Hikari para que las hormigas no le molestaran también funcionaría con humanos.
Nunca hablaba con las otras de nuestras horas a solas con Hikari. "¿Qué tal la otra tarde?" "Bien", eso era todo. La verdad, a mí me ardía la cara de vergüenza cuando me acordaba de la forma infantil en la que me portaba y las tonterías que hacía tras la puerta cerrada del mausoleo. Pero no podía evitarlo; jugar con Hikari era tan divertido, y me hacía sentir tan bien... Creo que sólo entonces, y nada más que entonces, fui capaz de actuar sin juzgar mis actos, nada más que entonces en toda mi vida. Nunca había sido tan feliz.
Ese curso escolar, como todos, pasó antes de que nos diéramos cuenta. Llegaron las lluvias de octubre, el frío de enero, el azahar de abril, y también se fueron, y sin darnos cuenta volvimos a plantarnos otra vez en verano. Largos días calurosos y cientos de horas libres para ir a ver a Hikari todas juntas, como al principio, jugar, reírnos, pasear charlar, urdir intrigas, acampar en las azoteas, colarnos en la FNAC para leer gratis; todas esas cosas que nos gustaban tanto. Sin embargo, no lo hicimos.
Con la excusa de estar ocupadas con el colegio, no habíamos querido darnos cuenta, pero habíamos empezado a vernos menos. No sé exactamente por qué. Creo que todas, aunque no queríamos admitirlo, necesitábamos estar solas; estábamos cabreadas por algo y la presencia de las otras nos irritaba casi tanto como hasta entonces habían hecho nuestras familias. Triste edad, mal momento. Yo qué sé. Además, Alicia y yo empezamos a discutir. Siempre lo habíamos hecho, claro, pero las discusiones que hasta entonces habían sido como bromas se tornaron encarnizadas y serias, seguidas de días enteros de mutismo. Y aunque no estoy muy segura, creo que Lucía y Cristina tenían problemas también. Me cuesta un poco imaginarme a Lucía discutiendo, porque no era el tipo de persona que soportara bien los enfrentamientos, pero sí sé que Cristina, enervada como todas por su propio malestar, era incapaz de soportar la pasividad de Lucía. Tal vez le dijo algo hiriente, o tal vez no. Cristina era un poco cafre, pero nunca fue una persona cruel. Era muy dulce, a su manera. Alicia y yo sí que aprendimos a serlo, con el tiempo. Y de mala manera.
Y así fue como ese verano no volvimos más al panteón las cuatro juntas. Íbamos por nuestro lado, solas. Hablábamos con fría cortesía por teléfono, y sin tocar nunca el tema directamente nos dábamos a entender a quién le tocaba ir al cementerio esa semana. No era por sentimiento del deber. Muy en el fondo no queríamos vernos. No nos apetecía. Queríamos estar solas. Y Hikari se daba cuenta, porque lo veía en sus ojos y en sus gestos. Cada vez que abría la puerta, giraba la cabeza hacia mí con una sonrisa llena de entusiasmo, y cada vez que veía que venía sola, una sutil sombra le empañaba la mirada. No paraba de hacerme preguntas sobre las demás, por qué no habían venido, qué estaban haciendo, por qué yo sí venía. Yo se lo explicaba todo desapasionadamente, refiriéndome únicamente a los hechos. Nunca me sinceré con Hikari. Ahora sé que fui una cobarde, que Hikari me hubiera entendido, como entendía todo, ¡que incluso me hubiera consolado!... pero ¿cómo hallar en nuestro lenguaje inventado los gestos para explicarle lo mal que me sentía, todo el torbellino de oscuridad que me estaba matando desde adentro sin ninguna razón?
Después, llegó agosto, y todas salimos de la ciudad, menos Lucía, que lo había hecho ya el mes anterior. Qué simbólico. Lucía parecía sinceramente triste de que todas nos marcháramos de vacaciones a la vez, y las tres, cada una por su lado, la intentamos consolar, diciéndole que sólo era una semana, que cuidara bien de Hikari. "Ya, tranquilas, eso haré" dijo ella con ese tono de voz tan bajito que usaba cuando algo la entristecía pero sabía que no podía hacer nada. Estoy segura de que ella siguió yendo a ver a Hikari todos los días, cuando nosotras no íbamos. Hikari hablaba mucho de ella. Ahora pensar en ello me hace sentir fatal, pero en aquel entonces estaba demasiado angustiada para sentir siquiera vergüenza de mí. Sólo quería huir, como nos pasaba a todas.
La madrugada en que salí de vacaciones, antes de dormirme en el tren, recordé mi última visita al cementerio, hacían ya diez días. En determinado momento, Hikari había llamado mi atención y me había mirado con una fijeza que casi daba miedo. Luego, había hecho tres gestos: había tendido las manos hacía mí, luego había golpeado suavemente el suelo con las palmas, y luego había forzado una sonrisa, siguiendo su curva con los índices. "Isa, ¿eres feliz?"
¿Feliz? ¡Feliz...! Mi reacción automática fue asentir y pasar a otra cosa, pero no llegué a hacerlo. No pude. De repente, me sentí tan jodidamente sola como si fuera la única persona del mundo. Me pareció sentir en los oídos el rugido de una ola reventando, mientras negaba lentamente con la cabeza. Creo que era mi propia tristeza cayéndome encima. Pero entonces me eché a llorar, abrazándome el estómago, y dejé de pensar. Me ovillé en el suelo de granito, atravesada por oleadas de espasmos, muerta de frío en mitad del verano, sollozando a voz en cuello. Qué mierda, me parece que balbucí, qué mierda todo. Y entonces oí un sonido. Hikari estaba cantando una canción que yo le había enseñado hacía mucho tiempo. Una balada muy mema llamada "Ángel", no sé en qué momento me puse a cantar algo así. Por supuesto, no podía articular las palabras en mi idioma, pero tarareaba perfectamente, como si tuviera un instrumento bien afinado en la garganta. Creo que entendía muy bien lo que decía, aunque no pudiera usar las mismas palabras. "Ángel que das luz a mi vida, eres el aire que quiero respirar, ángel que alivias mis heridas, no te alejes, que muero si no estás".
Luego se movió. Noté que se deslizaba sobre las rodillas hasta mí, rozándome con su larga cabellera plateada, y luego, sin dejar de cantar, me cogió en brazos.
No sé describir qué sentí. Podría decir que fue como un ramalazo de amor, un instante de paz, cosas de esas. Pero son estúpidas y no sirven para explicar lo que quiero decir. Tal vez las personas sienten lo que yo sentí cuando se encuentran con su dios, o cuando sostienen por primera vez a un hijo. Algo así debe de ser. No lo sé.
Pero creo que fue un milagro.
No pensé más en Hikari durante todo el tiempo que estuve fuera.
* * *
Volvimos, volvió a ser septiembre, empezamos el colegio otra vez. Ya era oficial: no nos veíamos, no salíamos juntas. Nos centramos en nuestras cosas, hicimos amigos nuevos, descubrimos aficiones nuevas y simplemente dejamos de hablarnos. Se había acabado, como acaban las amistades en la adolescencia, que van y vienen y es lo normal. Eso decían nuestros padres, claro. Pero quizá deberían haberse detenido un poco más en lo mucho que marcan. De eso no nos hablaron, y tardamos tanto en entenderlo... y eso que ellos no sabían de Hikari.
Volví un par de veces al cementerio ese otoño. Una la semana después de regresar, otra un mes después, y creo que aún otra más ya entrado el invierno. Hikari ya no mostraba tanta curiosidad como cuando recién nos conocimos, y callaba mucho más. Por eso, sintiéndome ridícula en su silencio, acababa siempre marchándome antes de lo que tenía previsto. Creo que estaba escapándose del mausoleo por las noches, porque en los rincones había pequeñas colecciones de piedras, hojas, objetos rotos. Nunca se lo pregunté, y tampoco oí rumores en el pueblo sobre algún extraño ser que merodeara el cementerio. Me pregunto cuántas extrañas habilidades de Hikari no llegamos a conocer. No hablé tampoco de la vez en la que me abrazó, aunque algo dentro de mí gritaba que eso era lo único en mi vida por lo que merecía realmente dar las gracias. Tendría que haberlo hecho, maldita sea. Pero no lo hice. No lo hice.
Y poco tiempo después, los chicos descubrieron finalmente mi existencia y yo me encontré de repente con algo interesante que hacer en la vida. Ah, qué mierda de vida. Pero era todo lo que tenía. No me di cuenta de lo que perdía cuando dejé de ver a Hikari, cuando dejé de pensar en Hikari, cuando olvidé a Hikari. Así somos los seres humanos. Tiramos el amor a la basura por pasárnoslo bien un rato. Y luego nos lamentamos amargamente, pero ya es muy tarde. Siempre es demasiado tarde.
Una vez me topé con Lucía en la calle y, en mitad de una conversación intrascendente, dejó caer algo sobre Hikari.
-Ahora sólo me mira y ya no habla -dijo con un deje de tristeza-. Es como si ya no se acordara de mí.
Creo que esa fue la última vez que hablé con ella.