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La Emperatriz de Belsan
30-11-2008 16:12:52 - Retales - Leido 67 veces

El despertador suena todos los días a las 7:45. Como es la alarma del móvil (¿dónde fueron los viejos despertadores que te echaban de la cama con su hórrido "pipipipí-pipipipí"?), tengo puesta la versión de Hijo de la Luna de Stravaganzza, que empieza con unas leves notas de piano, porque claro, si enmpiezo el día con algo demasiado violento (pipipipí-pipipipí) me pongo de mal humor. Pero resulta que el tono de alarma, haw haw haw, viene con vibración. Y la muy puta empieza antes de las primeras notas de la canción. Con lo cual todos los días me despierto con el sonido de un taladro perforándome la cabeza. Empezamos bien.

Me levanto como un resorte y me clavo la esquina de la balda con libros que hay justo encima de los pies de mi cama, en toda la frente. Me cago en la alarma, en el móvil, en la balda y en toda su familia. Me quito de encima la manta y me entra un frío espantoso. Me cago en el invierno. Busco las zapatillas junto a la cama, que siempre dejo bien alineadas la noche anterior, pero como estoy medio dormida no atino y las acabo pateando una a cada esquina de la habitación antes de poder ponérmelas. Me cago en ellas. Y luego intento salir y me hostio contra la puerta porque se me ha olvidado que la noche anterior la cerré. Me cago en la puerta.

La leche del desayuno está helada y los cereales se me quedan pegados en los dientes. Me sigo cagando en ellos mientras intento quitármelos con el cepillo de dientes. Me lavo la cara, y hala, otra cosa que está helada también. Así me despierto del todo y consigo cagarme en mi existencia con mayor lucidez.

Mientras me quito el pijama delante del calefactor vuelvo a cagarme en el invierno y en la calefacción central, porque contamina y gasta energía... es decir, que no tenemos. Me cago en mi ropa, que está gélida, ¿cómo puede la tela estar tan fría? Me pongo el plumífero lo más rápido que puedo, y los guantes. Y si son los guantes de polipiel, vuelven a estar tiesos y helados. Me cago en todo.

Antes de salir, me acuerdo que llevando el pelo rapado no tengo que arreglármelo ni que mojármelo, con este frío, y pienso "vaya, una cosa buena". La cosa buena se caga cuando salgo al exterior y el viento helado me da en la calva. Bueno, algo malo tenía que tener tanta comodidad. Avanzo hasta la estación con los ojos llorándome de frío, y al llegar al paso a nivel las barras bajan y empieza a sonar la alarma. El tren está al caer y a mí me va a tocar correr otra vez. Me cago en él. Corro con toda la fuerza de mi mala hostia, sintiendo el desayuno revolviéndose en mi estómago, el viento helándome las orejas y haciéndome lagrimear los ojos, y el taco de Historia Contemporánea saltando contra mis riñones, convirtiéndolos alegremente en puré. Me cago en todo. Y al llegar a la estación, atrapando el tren a duras penas, resulta que es uno de los nuevos modelos. Es decir, no quedan asientos libres, porque parece que en cuanto a modernidad de los trenes mientras menos asientos mejor. Me cago en la tecnocracia, en la optimización del espacio y en todas sus mierdas. Me toca ir de pie todo el trayecto. Me cago en mí.

La gente sale del tren a presión en Àngel Guimerà, ya bajo tierra. Ahora dejan asientos libres, ahora, pienso, cagándome en cada organismo vivo existente en ese tren. Incluyéndome a mí.  Bajo las escaleras para el transbordo, ya cansada, y pienso desesperada que necesito un polvo. Lo cual me recuerda que el Señor X no llama desde hace tres días. Me cago en él. Bajo al andén de la línea 3 y justo llega un tren. Un tren que no va a donde yo voy, claro. Pero la gente que sale de él me arrolla de todas maneras, sin tener en cuenta este detalle. Me cago en todos ellos.

Me pego a una valla de anuncios y trato de esconderme hasta que la riada de gente pasa. Entonces me resigno a deambular por el andén, esperando que pase mi tren. Pienso que aunque hubiera salido tarde de casa, no habría pasado nada, visto lo visto. Me cago en mí. Y es más o menos en ese momento cuando Jano, que probablemente ha ido conmigo en el mismo tren desde Godella pero no me ha visto, se acerca acechándome por detrás y trata de emboscarme. No lo consigue (no contaba con mi astucia), pero al menos me río y dejo de cagarme en todo. Ya va mejor la cosa.

Vamos apelotonados en el tren hasta Facultats, cagándonos conjuntamente en todo lo que hay que leer, incluyendo el querido taco de Contemporánea. Cagarse en equipo mola más. Salimos al exterior y nos volvemos a cagar en el frío de cuerno que hace. Subimos las escaleras del aulario GH hasta el piso tres. En clase está Álex, que como siempre se está cagando en el profesor de Moderna. Elegantemente, por supuesto. Si está Lidón, nada más verme hace el clásico saludo del "miñu-miñu"... vale, ella no suele cagarse en nada. Y mientras, Álex suele contarnos una interesante historia sucedida en el medioevo (con su carnaza, claro está) y Pilar y compañía discuten sobre los aspectos esenciales de su trabajo de fin de curso. Y en eso entra el profe de Medieval.

Todos nos sentamos (pero sin correr, que ya no estamos en el instituto). El profe enciende el proyector. Se arregla la raya del pelo, que de todos modos nunca se le despeina. Pone su voz radiofónica para empezar la clase. El proyector no va. Sacamos los apuntes. El profe le da a todos los botones del mando. Echa a un par de alumnos que llegan tarde (ya no estamos en el instituto pero...). El proyector sigue sin ir. Se oyen risitas. Y entonces ahí, en ese mismo momento, delante de todo el mundo, el profe de Medieval se caga en todo.

Y nosotros nos reímos.

Y entonces pienso que el día no va a ir tan mal.

 

Música: Build God, then we'll talk (Panic! at the disco)

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