Los años de histeria pasaron, y al final se acabaron, dejándonos, como siempre pasa, desconcertadas ante un páramo de nuevas preguntas y nuevos problemas cuando aún nos estábamos preguntando qué nos golpeó. El año que pasamos juntas había terminado siendo un recuerdo como cualquier otro en el fondo de nuestras memorias. Aunque vivíamos en el mismo pueblo, al acabar el colegio apenas llegamos a vernos un par de veces al año, por la calle. Al principio nos saludábamos con la mano, luego empezamos a fingir que no nos veíamos. No creo que hubiéramos soportado un enfrentamiento.
Me encontré con Cris muchos años después, en los jardines de la universidad capitalina. Yo acababa de cambiarme de carrera, decepcionada de mis estudios y de muchas cosas, y estaba sentada mirando el vacío, como siempre, sintiéndome extranjera en ese campus cada vez más lleno de gente mayor estudiando por gusto y menos de jóvenes en busca de un futuro. Al principio no estuve segura de haberla reconocido, pues sus greñas oscuras con mechones fosforescentes se había convertido en una elegante melena a lo garçon, pero enseguida vi sus exuberantes y distintivas caderas, y después su cara. Se me había olvidado lo guapa que era, con esos ojos almendrados, esa piel tostada, esa fina barbilla como una cuchillada entre sus mejillas redondas...
-¿Cris? ¡Cris!
Ella al principio tampoco me reconoció detrás de los pómulos chupados y el negro monacal de la ropa: me había conocido como una mocosa regordeta vestida de colores claros que la hacían parecer una morcilla. Pero creo que algo quedaba en mí de ella, porque enseguida vino hacia mí.
-¡Bels!
Se me tiró encima y me abrazó sin que yo tuviera tiempo a defenderme. Asfixiada entre sus brazos, sorprendida por esa muestra de afecto que jamás pensé propia de ella y avasallada por los recuerdos que había despertado mi antiguo apodo, me encontré devolviéndole el abrazo con picor en los ojos.
-¿Cómo estás? -pregunté aturdida.
-Ay, bien, ¿y tú?
-Bien, ¿qué haces aquí?
-¡A ti qué te parece, pavoncia!
Increíble, Cris había vuelto. Contemplé su sonrisa sinceramente alegre de verme y sentí una intensa oleada de agradecimiento y cariño por esa chica que nunca llegó a ser mi amiga. Pasamos un buen rato poniéndonos al día de nuestras respectivas vidas, riéndonos a ratos y con la sonrisa siempre en la cara, contentas de haber encontrado a otra náufraga en esa isla llena de desconocidos. Esa plena sensación de gratitud es algo que siempre evoco cuando me siento sola.
-Oye, ¿supiste lo de...?
-Sí, lo supe.
Nos quedamos calladas un momento. Lo de Alicia. La calidez se desvaneció.
Aunque no nos veíamos hacía mucho tiempo, seguíamos viviendo en un pueblo, y en un pueblo las cosas siempre se saben. Alicia, la fuerte, la arrogante, la invencible Alicia, había sufrido durante dos años una depresión intermitente con principios de anorexia, agravada por la dependencia de un hombre que no se preocupaba en absoluto por ella. Cuando él desapareció, Alicia intentó suicidarse.
Dos veces.
Y como resultado de esa última seguía en el hospital. Todos en el pueblo lo sabían. Qué tonta pensar que no tendríamos por qué sacarlo a colación.
La expresión sombría de Cris me hizo regresar a ese año tan extraño, cuando aún éramos amigas, y a cómo las cosas se estropearon sin razón aparente. Sentí una inesperada melancolía. Y entonces, otra imagen apareció en mi cabeza.
-Oye, ¿recuerdas a Hikari?
Cris me miró como si no creyera lo que oía.
-¿Hikari? ¡Creí que nunca más volvería a oír ese nombre! -en su rostro apareció, no sé por qué, una sonrisa esperanzada-. ¿Te acuerdas de verdad? ¿Te acuerdas de todo?
-¡Cómo iba a olvidarlo! ¡Fue... -¿qué fue? ¿De verdad tienes valor para admitirlo, Isa?-. Fue... fue la cosa más mágica de toda mi vida, tía. Algo increíble.
-Lo sé. Es difícil de explicar, pero fue... guau. Fue algo prodigioso. No entiendo por qué...
Ahí estaba.
-... por qué dejamos de verle -completé-. Yo tampoco.
Volvimos a callar. ¿Qué íbamos a decir? No podíamos justificar la forma en la que habíamos abandonado a su suerte a la cosa más hermosa que había entrado en nuestras vidas jamás, del mismo modo en que habíamos abandonado nuestra amistad y todo lo que conllevaba, sólo por ocuparnos de nuestro propio egoísmo. Vi en los ojos de Cris que ella también se arrepentía de un acto tan bajo.
-Oye, podíamos ir a ver a Alicia -dije de pronto. No sé de dónde salió la idea.
-¿En serio? -Cris parpadeó-. Bueno, claro... ¡claro que sí, podemos ir a verla! Hace siglos que no hablo con ella. Seguro que se alegra de vernos.
-¿Tú crees? A lo mejor está un poco... ya sabes, afectada. Además, tú lo has dicho, hace siglos que no hablamos.
-Pero quizá se puede arreglar. Fuimos amigas, ¿no? Y luego podríamos buscar a Lucía...
-¿Tú sabes dónde está? -pregunté.
-No, pero será cosa de preguntar. No habrá ido muy lejos.
-¿Crees que seguirá viendo a Hikari?
Cris me miró, dejando ver una tristeza que debía de llevar incubando muchos años. Tal vez igual a la mía.
-Ojalá.
Decidí que era tiempo de retomar la amistad que nunca empezó. Me puse de pie.
-Oye, ¿estás en descanso?
-Sí, una hora.
-Entonces vamos a un bar, ¿no? Y lo hablamos con una cerveza. ¿Sigues teniendo ese aguante a la hora de beber?
-Sí, pero ya no me emborracho, ahora soy formal.
-Eso también lo decías antes...
-¡Cabrona!
Cuando nos reímos juntas, sentí que una migaja de los momentos más felices de mi pasado volvía a mí. Y noté de nuevo la nostalgia como un regusto a madera en el fondo del paladar.
Fuimos a buscar a Alicia esa misma tarde, después de las clases. Su madre, que era dependienta en la única carnicería del barrio, nos había comentado en qué hospital estaba, así que aprovechamos el trayecto en tren de vuelta a casa para acercarnos. Caminamos un par de calles desde la boca del metro, preguntamos por ella en recepción, diciendo que éramos amigas suyas (¿era aquello una mentira descarada?) y tomamos el ascensor en silencio, hasta la planta de psiquiatría. No nos tocábamos, pero avanzábamos muy pegadas la una a la otra. Las dos teníamos miedo.
No hizo falta buscar mucho, estaba caminando por el pasillo, arrastrando penosamente un gotero (¿seguiría negándose a comer?). Afortunadamente venía de cara, porque si no nos habría costado reconocerla: su larga cabellera de reina, su mayor orgullo, su atributo favorito de belleza que llevaba cuidando desde que íbamos a primaria, había desaparecido. Los pocos pelos negros que le quedaban estaban tan mal cortados que resultaba obvio que se los había rapado ella misma en algún arranque de rabia, tal vez antes de intentar morir. Tenía un corte superficial en la mejilla y andaba con la vista en el suelo, arrastrando los bajos de un encantador pijama de seda púrpura. Alicia siempre fue coqueta; por eso no llevaba una bata ridícula, y por eso se había cortado el pelo. Su renuncia a la belleza había sido también una renuncia a la vida.
-Ali -llamó Cris tímidamente. Tuvimos que repetirlo dos veces más para que nos oyera. Finalmente levantó la cabeza, y yo tuve el impulso de retroceder.
Yo recordaba sus ojos brillantes e inquietos, siempre de un lado a otro y parpadeando constantemente con un tic que tenía. Pero eso no eran ojos. Eran piedras. ¿Qué cojones les había pasado?
-Ah. Hola.
Nos acercamos.
-¿Cómo estás?
-Muerta, ¿a ti qué te parece?
Qué estúpida haberle preguntado eso, me recriminé, qué imbécil. ¿Es que no había aprendido nada después de tantos años?
Alicia seguía con su entrecortado recorrido pasillo abajo, como si nosotras no estuviéramos, así que la seguimos. Vi que sus brazos estaban cruzados de cortes como el de su cara, pero no tenía vendas en las muñecas. Probablemente a la hora de la verdad habría echado mano de sus antidepresivos.
-Me hacen caminar para que tome el aire y no esté todo el día tirada en la cama -explicó con voz monocorde-. A mí no me apetece nada. Por mí dormiría todo el día y no me levantaría nunca más. Preferiría estar muerta. Pero es que si no me levanto el médico y mi madre se cabrean. Mi padre no dice nada, nunca viene -prosiguió sin siquiera mirarnos-. No se preocupa por mí. Creo que él y mi madre están discutiendo mucho. Pero bueno, como siempre, ¿no? No sé qué coño hacen casados todavía.
Mi mente dio un salto hasta aquella tarde en la que cambió todo.
<<-¿Y te castigaron?
-Noooo, qué va. Se pusieron a discutir entre ellos y pasaron de mí.>>
Tragué saliva y miré de reojo a Cris. Creo que estaba pensando lo mismo que yo.
-¿Qué tal aquí? ¿Te tratan bien? -volvió a probar ella.
-Hombre, la comida es un poco una mierda, pero a veces la vomito, así que me da un poco igual. La gente es maja, sí. Menos alguna enfermera, y mi psicólogo, que se cree dios cuando va por ahí... Cree que sabe qué me pasa.
-Cris está estudiando psicología -dije por decir algo, y enseguida me odié por haber abierto la boca. ¿Por qué no venía nadie a hacerme callar?
-¿Ah, sí? -por primera vez movió los ojos y le dirigió una mirada fugaz-. Pues te voy a contar un secretito, Cristina -estaba usando su nombre completo. No la reconocía como amiga-. No todo se puede curar con pastillitas, y vosotros no vais a saber lo que nos pasa sólo por haberlo estudiado. Hay que vivir esta mierda para decir que la conoces.
La acompañamos un rato más en su caminata, sin atrevernos a decir esta boca es mía. ¿Qué íbamos a decirle? ¿Que el mundo era en realidad muy bonito? ¿Que la habíamos echado de menos? ¿Íbamos a hurgar en su herida preguntándole los pormenores de su descenso a los infiernos? No, no éramos así de idiotas. Ya no. Y no teníamos derecho a aparecer en su vida después de tantos años pidiéndole confianza. Creo que no fue en ese momento, pero durante las horas y días siguientes, en medio de todo lo que pasó, Cris y yo comprendimos que habíamos perdido a Alicia. Ella y yo nunca fuimos las más fuertes, pero habíamos descubierto nuestra capacidad de amar y de necesitarnos mutuamente y eso nos había salvado en última instancia, cuando nos volvimos a encontrar. Alicia, que siempre aparentó ser valiente e indestructible, no quiso confiar sus inseguridades en el par de mocosas que éramos entonces, y se hundió sola, con todo el honor. Ya no volveríamos a verla. La Alicia que conocimos estaba rota.
Después de unos eternos cinco minutos, Cris y yo nos miramos. Era hora de irse.
-Bueno... nosotras nos vamos ya, ¿eh? -Alicia asintió levemente. Le importábamos un pito-. Oye, estábamos pensando en buscar a Lucía, por si te apetecía verla, y todo eso...
No se detuvo, pero nos miró fijamente mientras andaba, y negó con la cabeza, como si fuéramos las dos personas más estúpidas del planeta.
-Ah, ¿no os habéis enterado? -nuestras caras lo dijeron todo-. Lucía está muerta. La atropellaron anoche. Vino mi madre a decírmelo. Vaya, una de las cuatro tuvo suerte.
Me pareció que Cris lloraba de susto a la salida del hospital. No me atreví a mirarla, me sentía tan sumamente avergonzada que no habría podido soportarlo. La abracé por la cintura, pegándola a mí, y así subimos al tren. Ya estaba hecho. Se había acabado todo.
* * *
No sé qué cara puse cuando fuimos a buscar a los padres de Lucía, a la casa donde habíamos pasado tantas tardes y tantas noches años atrás, y su abuela, que nos abrió la puerta, se nos puso a llorar delante. No sé qué dije para dar el pésame, esa costumbre tan estúpida que hace sentir a la gente como fantoches. No me acuerdo y no me importa. No, no acompañas en el sentimiento, no tienes ni puta idea de lo que es perder a alguien. No pude evitar pensar en Alicia.
La misa ya había empezado hacía tiempo, conseguimos entender, y ella no había podido soportar estar allí delante. Su niñita, ay, su niñita... Cris y yo huimos de ahí en cuanto pudimos, aterrorizadas ante ese sufrimiento que aún no podíamos asimilar. Llegamos justo antes de que empezaran el traslado al cementerio, y seguimos a la comitiva, pasando desapercibidas con nuestra ropa oscura, hasta el lugar donde todo empezó. Cuántos recuerdos... siguiendo el camino al nuevo nicho pasamos junto al mausoleo de la familia Albiach, y lo miré intensamente, esperando una señal, algo a lo que aferrarme en aquel sinsentido, pero nada. Nada. No me atreví a acercarme a la puerta.
Me sorprendió que el ataúd no fuera blanco. Luego recordé que Lucía ya sería una mujer joven, como nosotras, que la chiquilla con carita de muñeca a la que yo recordaba había quedado muy atrás. Que ya no existía. Esa idea me provocó vértigo.
Cris y yo contemplamos toda la última ceremonia calladas, sin tocarnos, preguntándonos qué coño hacíamos allí, metiéndonos en el dolor de una familia. Traté de recordar con precisión los rasgos de Lucía, el tono de su voz, y no pude. Sentí terror al no sentir nada, como si una enorme masa de vacío estuviera a punto de tragarme. Ya no teníamos pasado, Alicia nos había abandonado y a Lucía nos la habían arrancado... no, nosotras las abandonamos, nos abandonamos todas. Incluso a...
Y entonces, como la primera vez, hacía tantos años, yo fui la primera en oírlo. Una canción, que se oía muy tenue, muy lejos, por debajo del discurso del sacerdote y los sollozos de los dolientes. Una voz que hacía música sin palabras. Una voz que yo había creído olvidar.
Miré a Cris con los ojos como platos. Unos segundos más tarde, ella también lo oyó. Miramos a nuestro alrededor enloquecidas, buscando el origen de ese sonido, y empezamos a alejarnos del grupo para oír mejor. Creo que golpeamos a un par de personas, pero estaban tan compungidas que apenas lo notaron. Seguimos la estela del sonido y acabamos mirando a un sitio obvio: el lateral del panteón. Y entonces pudimos verlo.
Hikari estaba detrás del mausoleo, asomándose sólo de medio cuerpo, con una mano en el muro y cantando muy bajito. Estaba tal y como yo podía recordar, con el largo pelo plateado brillando al último sol de la tarde, la piel clara y sin mácula, los ojos metálicos. Unos ojos que ya no estaban ausentes, que lloraban sin lágrimas la muerte de Lucía, la única que nunca le olvidó. Me quedé rígida cuando reconocí la canción. Era "Ángel", la balada que yo le enseñé cuando niña, ahí mismo, tantos años atrás. Me encontré moviendo los labios para seguir la letra, mientras Cris me miraba sin terminar de entender.
"Ángel, llévame en tus alas, a la cima de este gran amor, en tu alma vive mi esperanza, en tus manos está mi corazón..."
Finalmente me eché a llorar. Hacía años que no lloraba así. Creo que desde la vez en que Hikari me acunó cantándome esa canción. Tal vez por eso lloraba ahora. O tal vez por todo lo que había perdido. Porque se me ofreció una amistad sincera, y la rechacé. Porque alguien me envió un ángel, y le di la espalda. Porque rocé con las puntas de los dedos un mundo más hermoso, un mundo puro, lleno de significado y de respuestas, y elegí seguir siendo una chiquilla inmadura. Porque era una egoísta. Porque el amor existía, yo había podido tenerlo, y había preferido seguir mirándome en el espejo.
Se me doblaron las rodillas y Cris me sostuvo mientras caía, también llorando. Ya lo habíamos entendido las dos. La sensación de ser acunada en el llanto me trajo a la mente, vívidos, los recuerdos del abrazo que Hikari me regaló alguna vez, y gemí con más fuerza. Había sido una señal. Podría haber confiado. Podría haber extendido los brazos y haberme aferrado a mi salvación. Y no la quise.
Poco a poco, el canto de Hikari se fue apagando, al igual que su mirada. Miró al suelo y emitió un leve arrullo, que creo que fue un sollozo, y después volvió la espalda alada y desapareció entre las tumbas, rumbo a la parte donde el sol del crepúsculo nos cegaba. Las dos supimos que no iba a volver. Se había ido para siempre, como nuestra inocencia.
Nunca volvimos al cementerio para ver a Lucía. Nos daba demasiada vergüenza. Ella supo desde un principio lo que nosotras no pudimos ver. Y tuvo que venir la muerte a llevársela para que lo entendiéramos...
* * *
Y por eso, supongo, me puse a perder el tiempo en esto. Tenía que contarlo para no volverme loca. O para no desaparecer en el más gris de los olvidos. Yo vi la luz del mundo. Y el que la haya perdido no significa que no existiera. Yo la vi, y estuve cerca de ser parte de ella.
Hay algo de lo que no me di cuenta hasta ahora. Hikari y Lucía significan lo mismo.
Luz.