Estoy jodida.
Creí que con soltarte la mano e irme a correr se iban a solucionar las cosas, pero está claro que el problema soy yo. Este invierno está siendo muy frío. Llueve mucho, hace viento y las cosas ya no tienen sentido.
Creo que he perdido mi punto de vista, o mi hilo conductor, o lo que sea. Mis palabras se repiten. Necesito conceptos nuevos, pero no sé de dónde sacarlos. Tengo miedo de dar el paso definitivo y ahogarme en el marasmo de mi propio cinismo, perder por completo la fe, la esperanza, volverme una descreída. Daré una fría carcajada triunfal y me moriré. Tal vez otra persona siga viviendo dentro de mi cuerpo, pero yo me moriré. No soportaría vivir sabiendo que no hay vida más allá de esta mierda.
Creo que tengo una piedra en el pecho. Es ira. Celos. Miedo. Es el pasado. Tengo frío. Tengo sueño. Los ansiolíticos están encima de la panera de la cocina. Quiero dormir para siempre y flotar eternamente lejos de esta ciudad helada, de sus malditos ruidos, de sus estúpidos "tienes que", del puño de la angustia en la boca del estómago, de mi infinito desprecio por mí misma. Los ansiolíticos están en la cocina y yo también. Más de cuatro es sobredosis. Diez y buenas noches.
Quiero dormir mientras me abrazas y no pensar. Quiero saber que no te has ido, quiero creer en ti. Pero no puedo.
El viento invernal silba por el hueco del patio de luces, como un fantasma. Mi corazón le grita con todas sus fuerzas, diciéndole que no ha muerto, que aún está aquí, pero él no le oye. Incluso creo que yo misma estoy empezando a dejar de oírlo. Tantos años oyendo lo mismo...
Estoy jodida.
Algo me dice que el día en que ya no tenga fuerzas para gritar todo se habrá acabado. Y entonces pondrán en mi epitafio "Esta chica fue una cobarde y vivió su corta vida con miedo". Y a mí me importará un bledo porque ya no estaré. Y seré libre.
Oh, señor. Estoy jodida.