
Sea que la estrella de la tarde brille sobre ti
y que cuando caiga la oscuridad tu corazón sea leal.
Sea y sea lo que sea. El camino es largo y lleva a las playas aún púrpura de la madrugada, donde el negro del cielo se sonroja en amatista y en azul. Allá donde rompen las últimas olas del mar oscuro, rasgadas en encajes blancos a lo lejos, caminaré sobre la arena fresca y me tenderé a escuchar las estrellas cantar. Y sé que lloraré, porque he llegado, y uniré mis manos para elevar una plegaria, pero lo que saldrá será una canción. Por fin mi voz sonará hermosa, porque hablará de todas las cosas hermosas que he visto y he sentido, y ya ni siquiera recordaré que antes no fue así.
El camino me lleva por encima de las brasas a los acantilados aceros que se vierten sobre el mar frío y ardiente de blanco de Nueva Caledonia. Las alfombras oscuras de los árboles anunciarán mi llegada entre sus sombras. Podré dejarme caer al vacío sin reservas, los brazos abiertos, y el vértigo será dicha completa, ya no tendré miedo. El mar me recibirá en su útero de cristal burbujeante, donde la luz hace magia líquida, y oiré la canción prístina de la arena en los remolinos. Allí al fondo, sin tener que respirar, oiré por primera vez el canto de las ballenas. Y sabré que estaban esperándome desde el principio, que hay en mí algo de ballena, que puedo disparar mi cuerpo a través de las olas, devorar kilómetros azules y saltar tan alto que se me salga el corazón. Que puedo estallar en el mar. Flotar como un ángel dormido entre sus corrientes, con la carne palpitante de belleza y el corazón reventando sus costuras.
Caminaré por largos senderos entre las marismas, con los pies sumergidos, dejándolo todo caer. La armadura no me protegía, sólo me hacía invisible y ahogaba mi voz; poco a poco sus piezas irán cayendo y hundiéndose para siempre en la marea baja. El cielo será blanco y el aire olerá a mar y a vida. Criaturas muertas y vivas a mi paso, recordándome adónde voy. Yo estaré desnuda bajo el vestido de niebla y mi pelo nadará en el viento, sea corto, largo, sea lo que sea. A través de tantos años la cabellera de mi alma siempre ha bailado con el viento. Tarde o temprano el mar me encontrará, sus escalones de agua color pizarra rizándose y reventando de minúsculas gotas que se posarán en mi piel. Me pondré suavemente de rodillas en la corriente, suavemente, como si mis piernas se fueran deshaciendo en el mar. Y entonces cantaré como mis hermanas, con el ronquido profundo de todos los eones y el grito agudo de todas las vidas. Las ballenas me responderán, en alguna parte. Me esperarán.
Casi siempre será de noche. Será una noche sin sueño, una noche iluminada de colores secretos. Porque es de noche cuando ocurre todo lo que no vemos pero existe. Me bañaré desnuda en el cristal esmerilado y negro de San Bartolo y cuando las nubes abran vendrá la luna. Y yo flotaré en su anillo de plata, y me bañaré en la luna, y en todas las estrellas, y en todos los secretos del universo, ahí mismo, entre las islas dormidas. Los leones marinos, silenciosos, quebrarán los tumbos junto a mí, queridos hermanos, flechas de bronce. Me arrullarán con sus gruñidos. Y cuando me duerma me dejaré hundir lentamente hacia el fondo, arropada en el agua oscura, por fin en mi hogar.
Casi siempre será el mar. Porque el mar es la marisma interminable de todo aquello que no sé, y sus habitantes son los emisarios del Misterio. El mar es la noche de la tierra. Y cuando haya andado todos sus caminos mis pasos acabarán en esa playa púrpura de noche que ya descansa, una playa que es todas las playas. Habré nadado todas las corrientes y aún así el mar será un secreto. Saber que llego sin saberlo todo será aquello que amo: amaré, intensamente, sin objeto ya, sin piel, sin nada. Amaré tanto que volveré a llorar, y se me desbocará el corazón, y volveré a cantar, la voz más hermosa del mundo: la voz de todo aquello que ama a través de mí. Me estremeceré una última vez bajo el último cielo nocturno, feliz de haber llegado. Todo tiene sentido cuando nada lo tiene. En la oscuridad de la noche y en la carne de la tierra se ilumina mi espíritu. Hermosa, hermosa como nada. Y me dormiré sobre la arena fresca, antes de que amanezca, me dormiré para siempre. Así ha de ser. Así sea.
Mornie utúlië.
He escuchado "May it be" como un millón de veces mientras escribía esto, porque si paraba, se me iba la inspiración. Ahora sólo si lo releo con la canción de fondo surge su verdadera esencia; si no, vuelve a ser un vulgar compendio de divagaciones. No sé si a vosotros os funcionará igual, pero podéis intentarlo.