Hoy hace diecinueve años que tuve a bien existir y desde entonces he desempeñado bastante bien mi carrera de dar por saco, empezando por mi madre, a cuyo útero me agarré durante horas negándome a salir al mundo exterior (Freud tendría alguna interesante teoría sobre esto, pero Freud me puede comer el inmaduro clítoris, así que sigamos).
Mi vida ha sido corta, según la esperanza europea, pero sigue siendo toda una vida (no tengo más), y me ha dado tiempo a aprender algunas cosillas. Que la gente que nos cae mal se nos suele parecer mucho, por ejemplo, o que el amor de verdad no te hace sufrir, o que aprender a conformarse es la mejor manera de ser inmensamente rico. Me falta aplicar el concepto, claro, pero en eso estoy. Me encuentro al comienzo del último año de mi segunda década, y llegados a este punto, me da por reflexionar acerca de las cosas que me gustan y las que han valido la pena de mi vida. La gente, en cierto modo, tiene razón: me estoy haciendo mayor, ya no soy una adolescente llorona. He recordado que en la vida también hay razones para sonreír, estar feliz y celebrar; no son muchas y tampoco aparecen todos los días, pero ahí están. Así que, ¿qué cosas salvaría de mi memoria de estos últimos diecinueve años?
-Las horas que pasaba trepada a mi árbol favorito delante de mi casa en Lima, imaginando ser un mono en un documental.
-Neko de doce años, con sus gafas y sus coletas, corriendo pasillo abajo de un cutre hotel de la costa barcelonesa con los brazos en el aire y gritando "¡Fora d'ací, males putes!"
-La calle Mayor en primavera, cuando sale el azahar.
-Las gominolas.
-Jugar con barro, caminar bajo la lluvia y en general las cosas que conlleven ensuciarse.
-Descubrir a Nightwish en una AMV de Naruto, una tarde en casa de Neko.
-Las tardes con Carmen María después de teatro, comiendo gelatina y hablando de sexo.
-Cuando volvía del colegio deprimida y cansada y mi iaia Milagros me esperaba con una taza de leche y un donut. Bueno, en general volver a casa y que mi iaia hubiera hecho la comida...
-La primera vez que me subí a una montaña rusa, el Dragon Khan de Port Aventura en 2006. Repetí tres veces.
-Un muchacho solitario de larga melena rubia al que abracé en un callejón sin nombre de la Barcelona vieja, una noche de noviembre.
-Mi primer día de facultad, cuando me pasé una hora hablando con Jano y Lidón junto a la biblioteca y supe que no me iba a costar tanto acostumbrarme.
-La película de V de Vendetta, por múltiples factores.
-Las noches en Cieneguilla este último septiembre, frente a los últimos restos de la parrillada, con un vinito en la mano, diciendo pavadas y literalmente llorando de risa. En mi familia somos todos muy cachondos.
-Cantar mientras cocino.
-Sexo en la piscina.
-Las cerezas, Miguel de Unamuno, Turquía y Japón, el suomi, los filetes empanados con arroz blanco y plátano frito de mi abuela Elba, las faldas largas, el punto de cruz, los escritos que consigo llevar a buen puerto.
-La primera vez que hice danza del vientre.
-El Tao Te Q'ing.
-Las cenas de clase de segundo de Bachillerato con Toni Llibrer (profe de historia del Arte), incluyendo las jocosas borracheras de Ingrid y los desvaríos neo-beat de Andrea.
-Los viajes con el colegio: Tarragona, Granada y Grecia. Sobre todo Grecia.
-La primera vez que besé a Jota. Entonces ninguno de los dos lo sabía, pero desde ese momento las cosas cambiaron para siempre.
No sé si viviré felizmente setenta años más o si me moriré mañana. No me importa, tampoco. Pero he aquí el último elemento de mi lista: hoy me ha felicitado más gente de la que me esperaba, tanto que a veces el teléfono se bloqueaba y el tuenti no cargaba. Me siento profundamente afortunada por ello, como hacía tiempo que no me sentía.
Gracias por este regalo. Me ha gustado mucho.
Dos de marzo, 23:57 h.