Fe
no es cerrar los ojos y a creer
como oveja en su prisión.
Creo en mi propio error.
Fe, fe. ¿Qué es fe? Creo que voy a pasar del muy manido recurso del "según el diccionario de la RAE..." y voy a ir al grano. Hace poco, alguien me habló de que había mantenido una discusión con una chica que estaba convencida de que la Virgen María era realmente virgen. Dieciocho años y con un dogma pétreo, no es ni mucho menos raro. Bueno, la chica era muy católica, eso es respetable, y de verdad creía que Maryam era virgen, eso es comprensible. Pero eso que sentía ella, ¿es realmente fe? O no, tal vez debería cambiar el verbo: eso que pensaba ella, ¿es realmente fe?
Tener fe significa creer, fe es ante todo no razón, si no esperanza. Esperanza de tener algo mejor, de alcanzar algo mejor, de ser algo mejor. Y también de todo eso sin el mejor: tener, alcanzar y finalmente ser, en un entorno hostil con todo en contra. La fe es, al final de todo, lucha.
Oh, fe,
el viento sopla fuerte en tu piel;
de ellos me sostendré.
Creo en mi propio error.
Cierto, no existe la fe tranquila, la fe amable, la fe cómoda. Vivimos en un mundo que constantemente conspira para impedirnos creer, que se lo monta la mar de bien para convencernos de que nuestra vida no tiene sentido. Y nosotros, empeñados en vivir a toda costa, nos agarramos a un clavo ardiendo, gritando de dolor pero negándonos a soltarlo. La fe es una lucha constante contra todo, una defensa de la causa perdida que es nuestra existencia, una abogacía por lo absurdo. La fe es una agonía, en su significado de muerte, y en su significado de lucha. Fe es cogerse con las uñas a algo, tenga el nombre que tenga, y agarrarlo con todas nuestras fuerzas cuando vengan las racionales huestes del Vacío a tirarnos de los pies. Fe es dejarse la vida por tener fe.
Oh, fe,
córtate las alas y a correr,
nadie te va a detener,
no, no, no, no...
Fe no es religión, al mismo tiempo que religión no es dogma. Creo que ya expliqué en otra carta, hace tiempo, lo que pensaba de estas diferencias, así que no hace falta que lo diga otra vez. La fe aparece desligada de la religión todos los días, en cada pequeño gesto de la humanidad, en la confianza esperanzada que deposita sobre el frágil e infinito "quizás" en que basa todas sus posibilidades. Sin embargo, la relación entre religión y fe nos plantea una dicotomía interesante, que creo que todos hemos observado: por un lado, está esa fe costumbrista, árida e infértil, de creer a ciegas aquello que se nos ha enseñado siempre, de modo que se convierte, a fuerza de repetirlo, en paradigma de la existencia. Es decir, dejar en manos de algún modelo conductual preestablecido la respuesta moral a los cuestionamientos de la vida. Está claro que no hace falta la religión para que se dé; me da en la nariz que éste es el caso de nuestra amiga de arriba...
Fe
no es ver el camino y seguir
como oveja en su ceguez.
Creo en mi propio error.
Y por otro lado, tenemos la fe auténtica: mientras la otra es forma y esquema, la fe en realidad es energía, amorfa e imperecedera, es el combustible de la eternidad. He conocido a personas cuya fe, en forma de religión, era totalmente sincera: se dejaban de huevadas de moral práctica y teología y dejaban que la fe fuera aquello que bombeara su corazón, contrajera sus músculos y expandiera su espíritu. Sus obras, grandes o pequeñas en tamaño pero inmensas todas, eran producto de la fe. Leemos a los místicos medievales y en su poesía hallamos ese ardor vital, una imaginería intensa y casi sexual que trasciende la carne imperfecta y busca desesperadamente el infinito. Pasión. La fe es lucha constante, es sufrimiento, y el sufrimiento que se transforma en fuerza para cambiar las cosas se llama pasión. La fe es desesperada, apasionada, dolorosa y profundamente vital.
Oh, fe,
córtate las alas y a correr,
nada te va a detener,
no, no, no, no...
La fe es energía, porque mueve montañas, y es vida porque el mero hecho de vivir sin más garantía que la propia vida ya es un descomunal acto de fe. Algunos nos quieren hacer creer que la fe y la esperanza son un consuelo para idiotas, que hemos venido al mundo a devorar nuestra libra de carne, echar nuestro pequeño polvo y morir como ratas, que lo mejor es pasárselo bien con los ojos cerrados antes de que eso llegue. Pero deberían mirarse antes de hablar. El mero hecho de desear cualquier cosa, por frívola que sea, ya es tener fe, y en su expresión, en sus palabras, conceptos e imágenes, en la misma defensa de ese mezquino ideal ya está implícita la fe en que esas realidades huidizas van más allá de sus yos, que son universalmente aplicables, que pueden hacer una diferencia aunque sea en ellos mismos. Desde abrir los ojos al despertar hasta tener un hijo, cada cosa que hacemos a lo largo de nuestra vida se hace con esperanza, y es eso lo que nos caracteriza y nos proyecta un poco desde nuestro cuerpo hacia lo alto: la fe es un dios surgiendo del cuerpo de una alimaña.
Fe,
si es tu arcoiris el que eclipsa el sol,
fe.
Si es tu arcoiris el que eclipsa el sol...
La fe no es un remedio contra el miedo para gente sin personalidad. De hecho, el miedo surge de la fe; es el "pánico de tener toda la vida por delante" del que hablaba Walt Whitman. Y el miedo enriquece, que no impulsa, la fe, puesto que cuanto más miedo se tiene al vacío y a la no existencia, con más fuerza se existe, con más ardor se vive. Del horror que se siente ante el abismo negro de la Nada es de donde surge la inmortalidad unamuniana, la trascendencia del ser, pues aunque desligado de la consciencia, el ser continúa en el eco de nuestros actos. Esto actúa como una conexión con todo y todos, y he aquí donde aparece la religión de nuevo: religión viene del verbo latino religo, que significa atar junto, reunir. Ése es su verdadero significado, y no un conjunto de ritos y dogmas comunes impuestos a un grupo para darle una identidad diferenciada de otros grupos. Religión es todo aquello que nos une a los demás seres, y pensando eso, podemos decir que la religión es amor y que el amor es la mayor religión de todas. Así debe ser, y quien intente inculcarte lo contrario, ése desde luego no tiene fe.
Fe,
dame fe
al final...
Mi esperanza es ahora que la muchacha cuya tozuda convicción dio pie a estas líneas tenga verdaderamente una fe auténtica, pues si la tiene, su vida será rica, intensa y plena de sentido, y no se arrepentirá al morir. Temo que no es el caso, por desgracia, pero todo es susceptible de ser mejorado con el tiempo. Cualquiera diría que el aprendizaje es el mayor enemigo de la fe, puesto que nos desengaña de todo, pero mi opinión es la siguiente: la fe sobrevive a todos los golpes de la vida y se alimenta de ellos, pues hasta la herida más profunda tiene lugar en ella. La fe, o más bien el deseo de tener fe, es inherente al ser humano, no podemos hacer nada contra eso. Podemos negar ese deseo como una vergonzosa debilidad y autoconvencernos de que podemos vivir sin ella. O podemos dejar que el deseo germine y la debilidad se convierta en una fortaleza inmortal, radiante y gloriosa, en vida pura. Amiga, no esperes que alguien te otorgue la fe: ya la tienes. Qué hagas de ella... eso, una vez más, ya depende de ti.
Fe,
córtate las alas y a correr
nada te va a detener,
no, no, no, no...
Querida Emperatriz, mañana parto a Ermesan desde los ducados del Norte. Temo que algo va a pasar y quiero estar allí para verlo. Por cierto, me alegro de que te gustara esta canción. Es de Lucybell, y me ha acompañado bastante por todo el camino desde Arcarán hasta Ermeyos. Una vez más, gracias por todo.
Azucena.