
La rosa más perfecta que vi nunca me la regaló un amante ingrato junto a las vías del tren. Era roja, por supuesto, y en sus pétalos podía contar todos y cada uno de los diversos tonos de la sangre. Cuando la recibí aún era un capullo que parecía un rubí tallado, pero en la semana siguiente se fue abriendo, carnosa, túrgida y bellísima, sin una sola marca de vejez en los bordes, sana y brillante. Incluso sus hojas cerosas y relucientes daban cuenta de su perfección. La recuerdo prendida como un sol encarnado contra el azul pálido de mi pared. Hasta su muerte fue magnífica, pues aunque marchita, se seguía apreciando que había tenido una juventud espléndida. Pero en cuanto empezó a morirse, la cogí, la rompí y la tiré a la basura, al igual que los sentimientos efímeros que me había provocado quien la compró. Creo que fue entonces cuando entendí que aun cuando nos dejamos conscientemente hechizar por la perfección aparente, siempre debemos recordar que está destinada a morir y que nosotros no podemos ir tras ella.
Al fin y al cabo, la única rosa que guardé fue ese capullito pocho y petrificado que me compraste contra mi voluntad en la feria de invierno, hace años. Nunca se abrió, y a pesar de ser joven se veía por sus colores desvaídos que llevaba demasiado tiempo en la nevera. Una cicatriz grisácea recorría su pétalo principal. Recuerdo que yo quise comprártela en un principio, pero hicimos una carrera y te me adelantaste. Qué rabieta cogí. Eso ya no me importa ahora. Lo que me importa es que está aquí ahora, seca y lacada, polvorienta, sobre mi escritorio, burlándose del recuerdo de la rosa perfecta que ya no está. Ni un millón de rosas como aquella, con su granate inmortal, podrán superar mi pobre rosita cutre, seca en su florero vacío.
Ella me recuerda que después de tanto tiempo, tantos gritos, tantos amantes, tantos gozos y errores, tú sigues aquí.
Música: Way to Mandalay (Blackmore's Night)