
La juventud está sobrevalorada, y yo no la glorifico.
Mira a tu alrededor y no verás más que odas a la juventud. La cosmética y la medicina están volcadas a hacernos ver más jóvenes, la alimentación ha dejado de ser eso que haces tres veces al día para convertirse en una carrera contra el envejecimiento celular, los productos que nos venden aparecen rodeados de una magnífica pátina de satisfacción inmediata y aventura. Riesgo, locura, irresponsabilidad, desprecio por los valores burgueses, contradicción, búsqueda de placer, impaciencia, desorden, energía desbordante, emociones enloquecidas que cambian sin cesar. Todos esos valores corresponden a la juventud. O eso dicen los mayores mientras niegan condescendientes con la cabeza, afirmando que ya se nos pasará.
Qué huevos, pienso yo.
Os voy a decir una cosa: no me enorgullezco de que en nuestra época la juventud sea lo mejor que le puede pasar a uno. Os digo más: muchas veces, la juventud ha sido lo peor que ha podido pasarme. Pregúntale a alguien si quiere inyectarse algo que le haga sentirse continuamente asustado, deprimido, angustiado, incomprendido, excluido, ninguneado, desconocido, herido, confuso, cabreado y enfermo, a ver qué te dice. Pues bien, eso es a grandes rasgos la juventud, no nos engañemos. Los adultos, como nos pasa a todos, han olvidado la parte mala y recuerdan sólo las noches de juerga, el sexo, la belleza de sus cuerpos y el hecho de que no pagaban facturas. El tiempo siempre hace que las cosas malas nos lleguen atenuadas a la memoria, es un método de supervivencia. Ellos han olvidado, o en el mejor de los casos desmerecido, las lágrimas, el pánico, la impotencia, el inexplicable sufrimiento. Porque eso es lo que significa adolescente: por algún error de expresión, la gente utiliza el verbo adolecer como sinónimo de carecer, es decir, que un adolescente es alguien a quien le falta algo. Un hervor, dirían nuestros mayores. Pero lo cierto es que adolecer (que tiene la misma raíz que “dolor”) significa sufrir, y un adolescente es alguien que sufre. Su propia definición ya debería hacernos pensar sobre su significado. Los adolescentes no se convierten en tales para abrirse a una maravillosa vida de irresponsabilidad y amoríos, si no para sufrir hasta lo insoportable la Vida, a secas. Dicen algunos adultos sabios que nunca se vuelve a sufrir tanto.
Los seres humanos no nacemos para ser felices y casi nunca lo somos, por ello es ingenuo pensar que la juventud es una beatífica época de felicidad permanente, sin preocupaciones. Ocurre lo mismo con la infancia; ya va siendo hora de que nos desengañemos, los críos sufren igual que nosotros. Lo único que ellos poseen y nosotros no es capacidad para olvidar y seguir adelante. Los jóvenes, al entrar en la pubertad, la pierden: ¡qué desgracia más grande que esa! ¡Y aún tienen la desfachatez de pensar que estamos prácticamente obligados a ser felices!
Pienso en las supuestas ventajas de la juventud y me cago en ellas. No quiero sentirme más así: prepotente, arrogante, egoísta, contradicha por mí misma, ahogada por el peso de mi ego, forzada a actuar según un guión que yo misma he elegido para parecer diferente. Y luego hablan de la exclusión del que es diferente, cuando nosotros mismos nos convertimos en dictadores y no nos toleramos ni una sola falta ante nuestra supuesta personalidad… Estoy harta de no saber qué carajo quiero y de que los mayores me miren con pena, sabiendo perfectamente qué es lo que me pasa; estoy hasta el coño de enrabietarme cada vez que me doy cuenta de que no tengo la razón. ¿Quién demonios iba a querer sentirse así?
Y sin embargo miro a mi alrededor y veo que a la gente de mi edad le aterroriza la idea de envejecer. Aman con un fervor fanático sus cuerpos aún firmes y lozanos, y sudan entre pesadillas pensando en que indefectiblemente les llegará la decrepitud, luchando una batalla perdida por preservarse de ella. Creen que su juventud es el último reducto de la libertad frente al conformismo, que sus emociones y pasiones irremisiblemente se marchitarán y que la vida se volverá un páramo gris con el paso del tiempo, destrozando hasta los placeres más intensos.
Y me dan ganas de reírme un rato.

¿Tan pobre opinión les merece su propia vida? ¿Tan poquito vale que cambiarían todo lo que les queda por vivir, los libros que no han leído, las personas que no han conocido, las copas que no han chocado, las lecciones que no han aprendido, por un chute de adrenalina y un pegote de colágeno? ¿Tan arrogantes son que creen que nada será mejor que lo que tienen ahora? Y se hacen llamar inconformistas, lo que son las cosas.
Antes, el valor en alza era la madurez: a la gente mayor se la respetaba y veneraba como las personas experimentadas y sabias que eran. Sí, está claro que no es universal, pero más sabe el diablo por viejo que por diablo. Desde luego no servían sólo para cuidarnos a los críos y luego arrumbarlos en un geriátrico cuando empezaran a darnos por culo con el Alzheimer. ¿Cuántas cosas han visto esos ojos casi ciegos, cuántos rotos han arreglado, cuántas heridas han curado, cuántas comidas han cocinado y cuántas vidas ayudado a construir esas manos arrugadas? Cuántas veces habrán ellos vivido lo que nosotros, y de cuántas maneras diferentes. Y sin embargo, nos burlamos de ellos, los ignoramos, por inútiles, por conservadores, por plastas, por lo que sea. Lo que mola es ser joven y creerse el ombligo del mundo, los otros son unos viejos aburridos que no cuentan. Por mucho que me joda admitirlo, si ellos nos miran con condescendencia y sonríen pacientes, será por algo: ellos también tuvieron nuestra edad y saben que la vida humana es como las estaciones. Todo evoluciona, y de esta fase de regocijo egoísta y descarada exhibición de flores pasaremos a un otoño calmo y tibio en el que aprenderemos finalmente a regalar los frutos sin pedir nada.
El sabio es aquel que se ha desprendido del ego, y no hay persona con menos ego que la que ha criado a varias generaciones de niños, entre ellos sus propios hijos. No hay manera de criar a un mocoso, uno solo, manteniendo el mismo ego voraz que se tiene de joven. Es un impedimento insoslayable, no hay manera humana de educar bien a un hijo pensando primeramente en ti. Así de fácil. De ahí venimos nosotros: de un par de chiquillos arrogantes y egocéntricos que un buen día tuvieron que agachar la cabeza y reconocer que no eran el centro del universo. Es un gesto de amor inmenso y el primer paso hacia la sabiduría, eso que los jovenzuelos solemos confundir con conocimientos o cultura (cosas que acumulamos con avaricia para lucirnos). Nada más lejos de la realidad. Mi abuela materna acabó la primaria a trancas y barrancas y al escribir se le caen la mayor parte de los rudimentos ortográficos. Pero en las ocasiones graves de la vida, sabe perfectamente lo que hay que hacer: no compadecerse, no dar consejos que nadie ha pedido, poner en la mesa un café y un donut, y sobre todo sonreír y echar p’alante, que ya vendrá lo bueno. Eso es sabiduría y lo demás son pollas.
Después de todo esto creo que está claro por qué no me enorgullezco especialmente de ser joven. Disfruto mis días de arrebatos hormonales, locura y belleza, porque sé que no van a durar siempre: si fuera así me moriría de un infarto antes de los treinta. Hubo momentos en mi vida en los que habría dado la mitad de la juventud que me quedaba por un poco de paz; ahora acepto que eso es lo que toca ahora, y que algún día estaré en otra fase, con otras cosas buenas y otras malas, pero siendo yo siempre. Me niego a creer que hacerse mayor sea una puta mierda, como se queja todo el mundo. Yo también quiero tener esa expresión de beatífica satisfacción y sentir que no le falta nada a mi vida. Quiero levantarme una mañana y no estar pensando en qué me voy a poner, con quién voy a quedar, con quién voy a follar o qué tengo que planificar para no quedarme en casa como una mema. Quiero, simplemente, aprender a complacerme de lo que tengo y lo que me rodea sin desvivirme por poseerlo todo. Pero eso, amigos míos, sólo se aprende con el tiempo. Con mucho tiempo. Y hacia allá es adonde me dirijo.
Nos veremos al otro lado del arcoiris.
Música: Sur (Lucybell)
P.S.: Últimamente hay mucha imagen de flor por aquí. Será que estoy en celo.