
La verdad es que tiene cara de "oh, no, ya están estos cansinos otra vez"
Si hay algo que a uno, por poco despierto que esté, le queda claro después de acabar un primer año de Historia, es que no tiene, ni tendrá jamás, ni puñetera idea. Se puede tragar todos los libros que quiera y asistir a cuantos seminarios le salgan de la voluntad: nada disipará esa ignorancia. La Historia nunca pasó, y los historiadores mienten como bellacos. Uno sabe desde el principio que las ciencias humanas son subjetivas y su estudio es invariablemente sesgado, pero no adquiere conciencia de ello realmente hasta que le toca hacerlas.
Este sería un buen momento para que protoingenieros, protobiólogos y demás fauna que se dejó la inteligencia social en el instituto se burlaran de las "letras", o en el mejor de los casos nos contemplen con pena, suspirando con falsa compasión por los pobres ilusos que se han metido a estudiar cosas inútiles y tal fáciles de aprobar. Pero ese no es el tema aquí y me da bastante igual. Los ilusos son ellos, porque no tienen ni idea de cuán importante es conocer al ser humano antes de empezar a estudiar el mundo que le rodea, puesto que inevitablemente éste contemplará a aquél a través de su propio intelecto limitado. Las verdades naturales que denominamos absolutas son sólo sistemas que funcionan y tienen lógica dentro de ese otro sistema que es nuestra mente; qué hay fuera y cómo serían vistas sin estar dentro de nosotros, vaya usted a saber. Y esto vale tanto para la física, la química, la genética como para las intocables matemáticas: son absolutas siempre y cuando se estudien a través de nuestro filtro humano, puesto que no tenemos otra forma de hacerlo. Y por eso es importante saber cómo funciona ese filtro.
La Historia es, de alguna manera, la psicología de las sociedades. Cambiante y viva, en constante evolución, la Historia nos habla de lo que pensamos y deseamos, de lo que creemos y de cómo nos vemos a través de los siglos. A muchos les sorprendería comprobar cuántas estructuras mentales que se dan por hechas hoy en día proceden de momentos históricos muy remotos cuyos planteamientos han quedado obsoletos, y sin embargo persisten. ¿Por qué vives como vives? ¿Por qué piensas lo que piensas? Puede que aprobar historia sea fácil (al menos, otra vez, en el instituto), ya que sólo consiste en memorizar y vomitar, pero sacarle provecho y enriquecerse realmente estudiándola es algo mucho más difícil. Nuevamente, muchos se sorprenderían al descubrir cuántos errores de planteamiento posee su esquema mental, simplemente por no haber profundizado en ellos. Pongamos un ejemplo.
La mayoría de la gente ve la Edad Media como un período oscuro y represivo, dominado por el terror feudal y el fundamentalismo religioso, donde el esplendor de las artes y del pensamiento humano propios de la Antigüedad clásica han entrado en crisis desembocando en la miseria y la ignorancia, reflejadas en el horripilante arte románico. La realidad cotidiana es bien distinta. Para empezar, el mundo clásico había entrado en crisis mucho antes de que se llegara al medievo pleno, y sus estructuras económicas, políticas y sociales fueron una manera de adaptarse y superar esa crisis. Además, y como dato interesante, se quemaron varias veces más brujas durante la Edad Moderna (sí, esa rutilante época del Renacimiento y el Barroco) que durante la Media; fue entonces cuando se desarrolló la Inquisición tal y como la conocemos, y no antes. Ni siquiera deberíamos ver el arte como un reflejo de la decadencia de la época, sólo porque es burdo, oscuro y nada naturalista. Esa visión es tan simplista que cae por su propio peso. El arte medieval es un arte profundamente espiritual que propugna la idea, el significado subyacente, por encima de la forma y la materia. Por eso las formas son toscas, los colores planos, y las líneas rígidas y gruesas. Con la arquitectura gótica, que sigue siendo medieval, no olvidemos, se llega al espacio diáfano a través de las inmensas cristaleras, dando la impresión de que el espacio se disuelve en la luz de Dios. Esa es la tan denostada Edad Media, y el supuesto giro antropocéntrico del Renacimiento no fue tal: la idea que tiene la mayor parte de la gente es que se pasa de una cultura teocéntrica, supeditada por completo a la Iglesia, a otra donde lo importante única y exclusivamente es el hombre, sus formas, sus medidas, sus pensamientos. Lo cierto es que el ser humano es importante en el Renacimiento, pero como imagen de Dios, puesto a la misma altura. Los que hablan del Renacimiento como época en la que se recupera la racionalidad clásica frente a la barbarie cristiana deberían darse cuenta de que el 98% de las obras artísticas del período son religiosas. El dos por ciento restante son de Boticelli, y él utilizaba los mitos clásicos como metáforas neoplatónicas del sentir religioso cristiano: analizando un poco los elementos de cualquiera de sus pinturas podemos verlo. Toma castaña.
Podríamos seguir analizando aspectos de este ejemplo en concreto, así como poniendo más y más ejemplos hasta el infinito, pero no es cosa de enredarse más aún. La mayoría de ideas o imágenes mentales falsas que tenemos de nuestro pasado se las debemos a la historiografía romántica del XIX, empeñada en buscar paraísos perdidos y entornos lúgubres para sus cuentos. No quiero menospreciar el romanticismo, es mi movimiento artístico preferido. Pero lo digo porque tenemos que tener siempre presente el hecho fundamental: la Historia no es como es, si no como nos la han contado. Tirando de todos los hilos, podemos recopilar diferentes puntos de vista suficientes y combinarlos con nuestra opinión para formarnos una visión propia. No dejará de ser subjetiva, pero ahí viene la parte interesante de todo este asunto: esa visión que tengamos como historiadores de la trayectoria del ser humano a través de los tiempos afectará nuestro comportamiento frente al mundo, nuestras expectativas respecto a la capacidad de la especie, nuestras decisiones y opiniones, nuestro hambre de conocimientos. Historia será fácil de aprobar, pero no es fácil de aplicar.
Y henos aquí, poniendo velitas a Clío para que nos eche un cable y nos ayude a comprender. Porque de eso, al fin y al cabo, se trata.
PS: A pesar de todo, la profesora de Roma Clásica y el profesor de Contemporánea se han puesto en mode rancio y no me han aprobado. Que las arenas del desierto invadan sus ombligos.